CARTA A MÍ MISMA

Querida Celia, tras la “carta a mi teniente”, que dediqué a mi padre —digamos que al nuestro— después del 11 de septiembre, y ahora que han sucedido tantas “anomalías” más en Cataluña, y que todo se enrarece e intensifica a un ritmo trepidante, emprendo una segunda carta con el mismo cariño y pasión que la primera. Pero esta vez me dirijo a ti, que eres yo misma cuarenta y tantos años atrás, cuando eras una adolescente o poco más.

En el presente, soy partidaria de la independencia de Cataluña como tú eras partidaria —o mejor dicho, ni siquiera te hubieras cuestionado si lo eras— de una España en que Cataluña era española, sin fisuras. Tanto lo eras, que en una pared de la trastienda del local de quinielas familiar pintaste una bandera española de donde colgaba una sonriente Virgen del Carmen. Habrá quien ahora sonría, y no tan benéficamente como aquella imagen, ante ese escenario aparentemente rancio, pero yo, desde mi presente, lo respeto y amo como sé que tú respetarás y amarás —algún día que ya es hoy mismo— mi estelada. Y a decir verdad, mi estelada no nace de una vocación independentista, como la que impulsa a muchos amigos míos, o no del todo, sino más bien de una vocación de justicia.

Estamos, tú y yo, en puntos políticamente tan antagónicos, como ahora lo están los que huyen de un golpe de estado que creen obra del gobierno español, y los que huyen de un golpe de estado que creen obra de los independentistas. Pues bien, recordando aquella imagen del Carmen, y desde mi posición actual de creyente muy, muy —largo de explicar— a mi manera, no practicante de ninguna religión, voy a recuperar una enseñanza que tu Iglesia me inculcó y que me parece irrebatible. Y la recupero para defender mis ideas sobre Cataluña, a penas unos días antes de las elecciones del 21/D. Esa enseñanza me caló muy hondo y siempre me acompañará: “el espíritu de la letra ha de estar por encima de la letra”.

Pero antes de ir por esos derroteros de la letra y el espíritu, déjame rememorar una anécdota tuya y nuestra. Eras muy jovencita y conociste a una chica andaluza que había llegado hacía poco a Cataluña; una chica que tanto se había integrado en Cataluña que hablaba a todo el mundo en catalán. Cuando empezasteis a conoceros, ella te hablaba en catalán a ti, y tú… en castellano a ella. Menudo contrasentido, paradoja o el mundo al revés. ¿Y por qué, tú, catalana, que hablabas catalán con tanta gente —aunque por diversas circunstancias hablaras castellano en casa—, le hablabas en castellano a ella que hacía el esfuerzo apasionado y generoso de hablarte en catalán? Pues por un prejuicio: antes de conocerla te habías imaginado que hablarías con ella en castellano y eso hizo que te costara cambiar de lengua, y creo recordar que cuando ella te habló en catalán pensaste que a santo de qué una andaluza se empecinaba en hablarte en una lengua que no era la suya, si tú le hablabas en la suya. No te diste cuenta de que su actitud de no bajar del burro, era exactamente igual que la tuya pero mucho más razonable. Tuvisteis largas conversaciones sin que ninguna de las dos cediera y sin que ninguna de las dos se sintiera cómoda. Es un ejemplo del doble —uno u otro según quien lo vive— golpe de estado.  Ahora tú y yo ya nos tenemos la suficiente confianza como para que te diga, Celia, que no estuviste a la altura de tu inteligencia. Y eso es un elogio porque implica que creo en tu inteligencia de entonces. En realidad, eras tan inteligente o tonta como yo lo soy ahora, tan buena o mala persona como yo pueda serlo ahora. Nuestros cerebros, eso sí, contienen distintas informaciones, y me atrevería a decir que el mío te lleva ventaja en cuanto a número y substancia. Por esa misma razón, porque en la substancia de mis informaciones está el convencimiento de no poder juzgar a nadie, puedo criticarte pero no juzgarte. Y mucho menos odiarte. ¡Y cómo podría yo odiar a los españoles, de esa manera que algunos dicen que odiamos los independentistas, si odiar a los españoles o a España representaría odiarte a ti, que soy yo!

Vamos a lo del espíritu y la letra, ahora sí. Hoy mismo me he enterado de que la Junta Electoral Central ha obligado a retirar unos lazos amarillos de un árbol de navidad de una de las plantas de la Conselleria —una sola planta aunque el resto también luciera lacitos amarillos, porque ésa era la planta, evidentemente, denunciada por alguien. Los han quitado por representar una idea, la voluntad de libertad para los presos políticos de nuestro gobierno destituido y de nuestro activismo social. Hasta aquí bien. Bien, o muy mal, pero ya nos entendemos. Después de eso, los trabajadores y trabajadoras que habían decorado el árbol han substituido los lazos por cartelitos donde ponía “aquí había un lazo amarillo”. Resulta que esos carteles también han sufrido censura y han tenido que ser retirados. ¿Por qué? Porque el espíritu seguía siendo el mismo —dejando aparte la espectacular ignorancia de que no se pueden poner puertas al campo. Y lo que me pregunto es, si el gobierno español entiende tan bien eso del espíritu que hay dentro de la letra, del lazo que hay dentro de un cartel que dice que ahí había un lazo ¿por qué sólo lo entiende cuando le conviene? ¿Por qué no quiere entender que el espíritu de la democracia no es votar cada cuatro años —eso sería la forma— sino escuchar al pueblo y dialogar con éste cuando se produce un hecho extraordinario, entiéndase por ejemplo un uno de octubre, aunque haya muchos más, anteriores y posteriores, que han ido entrelazándose hasta estallar en un auténtico clamor?

¿Sabes en qué preciso momento me di cuenta de que, además de vivir intensamente Cataluña, y la lengua catalana como escritora y poeta, me había convertido en independentista hasta la médula? No, no fue cuando nos tumbaron tantísimas leyes justas, una de ellas contra la pobreza. No fue cuando vi que se rescataban tantos bancos con nuestro dinero mientras muchas familias eran privadas de su techo. Entonces todavía pensaba “bueno, somos libres para votar, cambiémoslo”. Quise una república independiente, no sólo como una apuesta sino como un desearla con auténtica vehemencia, en el momento de saber que sí, que éramos libres de votar, pero que en España no teníamos a quien votar que nos dejara ser libres. Me sentí como un perro que siempre ha vivido convencido de su libertad porque la cuerda con que lo sujetaban era larga. Él tampoco era perro de demasiadas correrías y no sabía ni que existía la cuerda. Si alguna vez sentía un tirón, pues debía ser el viento que le impedía avanzar. Hasta que un día, en uno de los tirones —el uno de octubre fue un buen tirón y después ya no ha habido ni cuerda: el 155 nos sujeta directamente por el collar— se gira y ve al amo llevándole, y toda su noción de libertad se viene abajo. Y el amo no sólo tiene el poder de controlar cierta prensa y llenarla de mentiras, de murmurar a los oídos de los jueces, de aplicar a su conveniencia las leyes, de reñirte por haber mirado atrás, de castigar a otros perros amigos por haber mirado atrás. Ahora sabes que el amo es quien nos permite pensar generosamente, pero en silencio, porque si es en voz alta “se dividen las familias”. Que el amo no interfiere en nuestros sueños nocturnos y nos permite soñar manifestaciones multitudinarias, siempre que al despertar nos retractemos del subconsciente subversivo.

Por eso te pido, Celia, que no quites tu bandera española por la que yo sentí tanto amor: también se puede ser poliamoroso de banderas aunque te emparejes sólo con una, y más si lo haces en épocas distintas convocadas en una sola carta. Ni quites tampoco tu virgen del Carmen, porque ella te hablaba del espíritu de la letra y llevaba razón. Pero te pido que el día 21 votes lo mismo que yo. Y no nos queda más remedio que elegir entre un gobierno que no sólo impone la ley a costa de su espíritu, que es la justicia, sino que dicta leyes nacidas ya sin espíritu, u otro que nos llega muy herido, que seguramente se equivocará  más de una vez, pero que no puede ni comparársele en dignidad.

 

 

Cèlia Sànchez-Mústich

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