Los zapatos de Carmen

A continuación les presentamos este maravilloso relato escrito por Alba Llobet Estévez con el título “Los zapatos de Carmen” que quedó galardonado como 1r premio en la primera edición del certamen literario de Sumate 2018. Disfrútenlo;

Los zapatos de Carmen

– Ponte los zapatos, niña, que ya hemos llegado.

– No quiero. Me duelen. Y deja de llamarme niña, que tengo 15 años.

– Carmen, no seas chiquilla y ponte los zapatos. Y te llamaré niña hasta que me muera, que soy tu madre. ¡Paco, dile a tu hermana que se ponga los zapatos!

– ¡Que vaya descalza!

– Pero como va a ir descalza la niña, aquí en Barcelona. ¿Tú te crees?

-¡Qué va a pensar la gente!

– ¡Pero qué gente, mama, si aquí no nos conoce nadie!

Carmen se pone los zapatos a regañadientes. Aun no sabe que con ellos va a recorrer una ciudad desconocida, en ocasiones enorme, repleta de caras nuevas con semejanzas ajenas y rasgos exóticos mezclados con dulzura. Desconoce todavía que en un futuro muy cercano a ella, con su mirada descarada y curiosa, va a pasar a formar parte del mosaico humano de la ciudad y va a contribuir al proceso de transformación apresurada del entramado de calles del barrio.

– ¡No hagas tanto ruido!

– Son los zapatos. Ya te dije que no los quería.

– ¡Que van a ser los zapatos! Es este suelo tan oscuro que parece yo que se…

– ¡Un rompecabezas! – exclama Carmen emocionada mientras salta por los adoquines como quien juega en el patio de una escuela.

– Que te calles, chiquilla. ¡¿No ves que vas a despertar a todos?!

– ¡Pero que todos si casi no hay nadie! ¿Donde están todos? ¿Es que no vive nadie en esta ciudad?

Dolores alza la vista y, en un instante, se da cuenta que con el cansancio del viaje aun no había visto que ya ha oscurecido y la ciudad no se asemeja en nada al pueblo. Recuerda con cierta pesadumbre el alboroto que arman los vecinos en las noches de verano, y los malos ratos para conciliar el sueño. Que calma se respira acá: parece que las calles se han abierto para recibirlos; todo es más ancho y más solitario.

– ¡Manuel, ya estamos aquí!

– ¡Madre! ¡Qué alegría!

– Que viaje tan largo. Pensaba que no se terminaba nunca. ¡Qué alegría, mi niño, de verte otra vez!

– Y padre, ¿no ha venido?

– Vendrá la semana que viene. Tenía que terminar la vendimia.

Madre y Manuel se funden en un abrazo. Parece que no haya pasado el tiempo y sin embargo han pasado años desde que nos comunicó que dejaba el seminario. No se atrevió a hablar directamente con papá y creyendo que en mamá encontraría un alma menos severa le soltó la decisión sin más. Ella, devota en acorde a los cánones de su tiempo, aceptó con resignación lo que en aquel entonces era una humillación familiar y comprendió muy a su pesar que no volvería a abrazar a su hijo en mucho tiempo.

Yo, desde ese momento, vivía a la espera de noticias de mi hermano venidas de cualquier parte de Europa: viajaba, conocía mundo, otros lenguajes, caras nuevas, sitios desconocidos. Terminaba la escuela con la emoción de llegar a casa y encontrar una postal de Viena, Roma o París, en las que me describía mujeres con minifalda que compraban perfumes atrevidos. A veces me mandaba muestras de ellos en un pequeño sobre y yo los escondía de papá porqué sabía que seguía disgustado con su hijo mayor. Cuando las compartía con mamá ella se transformaba en una mujer risueña y soñadora hasta que llegaba papá y me obligaba a esconderlas. Padre casi ni se daba cuenta: pasaba pocas horas en casa, siempre atareado en las fincas. Al llegar a casa después de su jornada, entraba en la cocina de manera fugaz, besaba perezosamente a mamá y manoseaba mi pelo con aspereza. Yo me escurría veloz con el temor de que mis fragancias Chanel fueran descubiertas y metía la cabeza en la almohada, junto a ellas.

La alegría de verse les alivia el cansancio del viaje. Carmen tiene ganas de preguntarle a Manuel cuando irán a esas perfumerías de las que le hablaba en las cartas, pero enseguida una brisa veraniega juguetea con su piel y cae en un sueño placentero.

– Venga, chiquilla, date prisa que hoy os voy a enseñar la ciudad.

– ¿Manuel, vamos a ver perfumerías?

– Claro, Carmen. ¡Las que quieras!

Carmen está emocionada. Por fin va a ver esas perfumerías tan elegantes. Tiene unas ganas tremendas de entrar en una de ellas y coger muestras pero, sin embargo, se entretiene mirando las calles, los edificios, las plazas, la gente que las habitan, las palomas que corretean, el señor que les echa migas de pan. Paco y madre curiosean en la vida ajetreada de los comerciantes, el vaivén de las calles, el ritual apaciguado de la compra de víveres en que descubren acentos distintos, palabras desconocidas.

Entran en una tienda y luego, por fin, en esos inmensos almacenes repletos de perfumerías: Carmen está maravillada, su mirada no alcanza a digerir la algazara de colores, olores y sensaciones que se abre ante ella. Ha sido un día completo, lleno de novedades, y de vuelta a casa se entretiene jugando con los adoquines y esos zapatos que cada vez duelen menos. Distraída y ajena a la mirada de su madre, entra en una especie de taberna: hay algo que le resulta familiar, percibe una decadencia indefinida que ha visto en alguna parte, un ambiente desaliñado y sombrío. Paco la sacude y la saca del bar.

– ¡No se te ocurra volver a entrar en un sitio así, chiquilla!

– ¡Estaba papa! ¡Lo he olido!

– ¡No digas tonterías, tu padre está vendimiando!

De vuelta a casa de Manuel, cayendo la noche, en del autobús Pegaso de la línea 7, la Barcelona de tiendas y fragancias refinadas se desvanece. La vida y el bullicio de las calles distinguidas de la zona norte que queda por encima de la avenida del Generalísimo contrastan con la permanente penumbra que envuelve el barrio Gótico, de apestados rincones e inhóspitas callejuelas. Aquí se mezclan el sudor y la honradez de familias trabajadoras y la otra Barcelona: la de quinquis y maleantes, prostitutas y carteristas.

Llegan a casa de Manuel y mientras madre prepara la comida suena el teléfono. Es tía Ángeles: querrá saber cómo ha ido el reencuentro con Manuel. Carmen quiere hablar con ella i explicarle todo lo que ha visto pero madre no le da oportunidad alguna y cuelga el teléfono. Su repentina palidez denota que algo extraordinario ha sucedido. Aun no sabe como lo va a contar a sus hijos, a sus niños, que ya no son tan críos. Madre se sienta, parece que ha envejecido un siglo, respira profundamente y habla con la mirada perdida. Tía le acaba de comunicar que padre perdió las fincas ayer por la noche en la taberna del pueblo. Se lo ha jugado todo: hasta la casa, con las almohadas perfumadas.

– Paco, mañana vas a tener que ir a ese taller que has visto que buscaban oficiales de segunda. Carmen, tu irás a la perfumería a ofrecerte de aprendiz y yo… yo iré al colegio donde trabaja Manuel a ver si tienen algún trabajo para mí. Te voy a comprar zapatos nuevos, Carmen, con esos no podrás pasar el invierno.

Autora: Alba Llobet Estévez

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