¿Y qué pinto yo aquí?

¿Y qué pinto yo aquí?

Un Estado donde a la gente en situación de extrema pobreza se le echa a la calle. Un Estado donde torturar a un toro es arte y donde cada Semana Santa miles de personas van a correr como locos detrás de la figura de una virgen. Un estado que regala 60.000.000.000 de euros a los bancos, que hace autopistas sin coches y AVEs donde no van a subir pasajeros. Un Estado que desprecia a sus estudiantes, a sus profesores, a sus científicos, el conocimiento. Donde el pensamiento crítico parece no tener cabida. Un Estado que hace reformas laborales que dejan a gran parte de la clase obrera en situación precaria. Un Estado que hace leyes para limitar el derecho a la libertad de expresión de sus ciudadanos. Un Estado que, obcecado en su visión centralista, ignora, desprecia e incluso inventa su propia realidad; donde si es necesario creará las burbujas informativas que hagan falta mediante unos medios de comunicación al servicio de los intereses de una banca y oligopolios con demasiada influencia sobre éste. Y sobre todo, un Estado que puede hacer todo esto impunemente, donde la mayoría de sus ciudadanos aceptarán, después de unas pocas quejas que al día siguiente ya habrán caído en el olvido, todos y cada uno de los retrocesos civiles y democráticos de éste, que empuja los límites de lo aceptable cada día, donde hoy se acepta lo que hace cinco años nunca se habría permitido.

Y lo peor de todo: un Estado regido por una Constitución que deja fuera a la mayoría de sus ciudadanos, donde la persona más joven que la votó hoy ya va camino de los 57 años. Una Constitución que dentro de muy poco sólo habrá sido votada por jubilados. Una Constitución votada, muy mayoritariamente, por gente que hoy está muerta, y por tanto, al menos a mi parecer, una Constitución muerta.

Tengo 20 años. Nací un día de otoño en 1996. Hace poco tiempo, pasé de ser un menor de edad a ser un ciudadano con derecho a voto. De un día al otro, me encontré con que era ciudadano de un Estado un poco extraño, cuyos gobernantes no representaban, tan siquiera, una minoría más o menos grande en mi tierra. Cuya oposición, tampoco. Un Estado donde sus gobernantes, además, hacían políticas contra ésta, porque esto les beneficiaba políticamente. Cuyo gobierno se negaba a hablar con el nuestro. Donde se prometían inversiones importantísimas, en trenes y carreteras, que nunca llegaban. Cuyo ministro de Educación estaba interesado en españolizarme a mí y a mis compañeros, a la vez que nos intentaba cambiar educación para la ciudadanía por religión, y nos hacía leyes educativas que ni nosotros ni nuestros profesores queríamos. Un Estado donde empezaba a aparecer una fuerza de cambio que estaría a punto de quedar políticamente marginada, mientras que en mi tierra estábamos empezando a cambiarlo absolutamente todo. Un Estado cuyos medios de comunicación principales podían mentir e intoxicar sin que les pasara nada.

Nací con unos padres que, cuando nuestra querida ley se votó, tenían solo 11 años, y que por lo tanto, quedaron fuera de ella. Hoy ya van camino de los 50. Aún no han podido votar una sola línea de ésta. Y yo me pregunto: ¿Cómo puedo reconocer una ley que no sólo me deja fuera a mí, cosa que por mi edad puede tener sentido, sino que también deja fuera a mis padres? Y me surgen más preguntas ¿Por qué vivo en un Estado que se olvida de mí y de mis compañeros como estudiantes, que premia la ignorancia, que no ayuda a sus científicos e investigadores y los obliga a emigrar? ¿Por qué vivo en un Estado que destroza, sin que nada se lo impida, la sanidad pública que me debe proteger? ¿Por qué incluso vivo en un Estado que ni tan siquiera comparte valores éticos y políticos con la mayoría de la gente de mi tierra? ¿Por qué vivo en un Estado que pone el nombre de democracia a un sistema donde el poder no lo tiene su gente, que es la propia definición de democracia (y por suerte ya me he dado cuenta que lo de “democracia” es tan sólo un nombre, un simple nombre que han dado al régimen del 78 y que intenta darle apariencia de ser algo que vale la pena)? ¿Y por qué tengo un rey? ¿Quién es ese señor y por qué está ahí? ¿Y por qué vivo en un Estado para el cual votar es un delito? Y a esta última me doy la respuesta: porque este Estado ataca todo lo que sea reflexión, crítica, capacidad de decidir, poder del pueblo, poner en duda el régimen y oponerse a la visión “uninacional” que intenta imponer.

Resumiendo: ¿Y qué pinto yo aquí? ¿Qué hago en un Estado que no me representa ni a mí ni a mi sociedad, y que además nos desprecia, nos ignora, nos interviene, y de vez en cuando, nos humilla? ¿Qué sentido tiene? ¿Y por qué, si me quiero marchar de éste, me lo quiere impedir por la vía de la fuerza y no por la del diálogo, el debate y los argumentos?
En fin, les habla alguien que no se siente español, pero tampoco catalán. Ni quiere. Simplemente quiero que mi familia, mis amigos, mis seres queridos, y yo mismo, podamos vivir en un país que no nos avergüence.

A partir del domingo, en caso de victoria del Sí, empieza un Proceso Constituyente donde ya no va a haber siete hombres blancos, heterosexuales, ricos, poderosos, con traje, de letras, y muy y mucho españoles que decidan nuestra Constitución, sino que seremos hombres, mujeres, ricos, pobres, viejos, jóvenes, de todas identidades y orientaciones sexuales, de toda clase social, de todo origen, de toda lengua, de todas las profesiones, y de todas las ideologías, creencias y estilos de vida; en definitiva, todo un pueblo desde su diversidad y pluralidad, el que lo decida todo. Para todo. Para todos.
Protejamos las urnas. Votemos el domingo. Apliquemos el resultado. Construyamos la República.

Víctor Martín

Miembro de Súmate

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