Hoy es el día de la Constitución. La Constitución Española, aquel texto que nos dio todas las libertades y derechos, dotado de tal poderío que incluso dos personas tan diferentes como Manuel Fraga Iribarne y Santiago Carrillo se tuvieron que sentar alrededor de la misma mesa para redactarla, dando como resultado unas páginas tan perfectas que, gracias a ellas, pudimos salir de la oscura etapa del franquismo para poder adentrarnos por fin en esta gloriosa época de esplendorosa democracia, donde los ciudadanos podemos expresarnos libremente cuando queramos, tanto en la calle como en la urnas, a la vez que gozamos de unos servicios públicos gratuitos y de calidad, que ya les gustaría a algunos países nórdicos. Y lo pudimos hacer gracias a que la Transición fue, sobretodo, modélica.
¿Y lo mejor de todo? Que la votamos todos los españoles. Todos. Absolutamente todos. Incluso aquellos a los que nos faltaba lustros por nacer, he aquí su grandeza. Además, incorporando alguien que salvó nuestro gran país: Juan Carlos de Borbón. Sí, nos salvó el 23 de febrero de 1981 de los golpistas. Le debemos tanto… Además cercano y campechano. Y por si fuera poco, ahora Felipe VI, persona culta, educada, y sobretodo, preparada. Y todo gracias al gran demócrata Adolfo Suárez. ¿Y tener que soportar aquellos hombres pobres de espíritu que se quejan de que no hemos votado a sus majestades y a la monarquía? ¡Si ya los votamos! Todos. Y si no te gusta la Constitución… pues la Constitución incluye mecanismos para ser cambiada. Preséntate a las elecciones, saca una mayoría de dos tercios, y cámbiala. ¡Así de fácil!
Llevamos ya muchos, muchos años, aguantando ciertos mantras fachas y cuñaos de este estilo. Muchos. Y los consecuencias son las siguientes:
Tenemos una Constitución que en 38 años ha sido cambiada solamente dos veces, las dos sin la aprobación de la ciudadanía vía referéndum, las dos dirigidas desde Europa, las dos cambiando solamente un par de líneas. En 38 años, nada menos. Una Constitución que ya no es un medio por el cual se garantiza a la ciudadanía que tendrá derechos, libertades y servicios públicos, sino que es un medio por el cual la clase política que ha gobernado durante estos años se puede meter en el ámbito judicial para hacer y deshacer impunemente a su antojo. Y lo peor, es que en algunos casos, más que el medio ha resultado ser el fin, dado que el único proyecto de país de una mayoría política del estado ha acabado siendo defender con todos los medios posibles esta Constitución, con el único objetivo de que el antiguo régimen del 78 sobreviva el mayor tiempo posible a esa esperanza de cambio en España, que tardará aún mucho tiempo por llegar. Una táctica, tal vez puramente irracional, basada en aquella creencia propia del nacionalismo español rancio que dice que tocar la Constitución es atacar España, que solo ha provocado el olvido de la gente humilde y trabajadora por parte de aquel tripartito constitucionalista. Unas clase trabajadora, que, de un modo inexplicable a ojos de muchos de nosotros, siguen defendiendo, en muchas partes del Estado, este modelo. Y todo, sin olvidar que la Constitución estuvo tutelada por dirigentes y militares franquistas, y sin olvidar tampoco que el pueblo, entonces, no tuvo más remedio que votarla si quería salir del franquismo, y sin olvidar, tampoco, que algunos de sus artífices eran antiguos políticos del Movimiento Nacional (recordemos que durante el franquismo, Manuel Fraga ocupó la cartera ministerial de Ministro de Información y Turismo, y el admiradísimo por la prensa imparcial Adolfo Suárez fue gobernador civil de Segovia y director general de lo que hoy es RTVE).
Pero al margen de lo poco que nos pueda gustar la Constitución a muchos, podemos analizar un poco la demografía de España durante estos últimos años, y nos encontramos de cara con los siguientes hechos, que son, como mínimo, preocupantes:
Más de la mitad de la gente que en el 78 pudo votar la Constitución hoy está muerta. Y no solo eso, más de la mitad de los mayores de edad que vivimos a día de hoy no la hemos votado.
Así que la pregunta que me formulo es la siguiente: ¿Una Constitución votada mayoritariamente por gente que ahora está muerta, y no votada mayoritariamente por la que hoy está viva, no está, en cierto modo, muerta?
Y de ser así, ¿por qué debería obedecer a una Constitución que está muerta?
Y de no serlo, ¿por qué debería obedecer a una ley que no está legitimada por las urnas por más de la mitad de la población?
¿Y por qué debería obedecer una ley que no obedece ni tan solo el propio Gobierno, que debería ser el primero en cumplirlo? Y pongo un ejemplo. Artículo 47: «Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. […]» (Y si queréis más ejemplos, buscad los artículos 35, 40 y 128). A lo que también cabría preguntar, ¿por qué la vieja política solo habla de aquellos artículos que tratan (ignorando estos últimos meses, en que se ha hablado también de aquellos que tratan del funcionamiento electoral) la unidad de España y de la suspensión de la autonomía? ¿Será una coincidencia?
¿Y por qué debería obedecer una Constitución que ni tan siquiera se obedece a si misma? Y si crees que acabo de decir una tontería, juzga tú mismo:
Artículo 14: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.
Artículo 57.1: […] La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre […] en el mismo grado, el varón a la mujer.
(¿Y, de hecho, no es la monarquía de por si contraria a lo que establece el artículo 14?)
Y no sólo esto. Un «jovencito» que mañana cumpla 56 años, no habrá podido votar la Constitución. Es decir, la grandísima mayoría de la clase trabajadora no la han votado, lo que implica que quienes sustentan el país no han podido ser partícipes de la ley más importante que lo rige y fundamenta. Y aún más, a este ritmo, en pocos años, ningún votante de la Constitución estará en edad de trabajar.
Y si aún lo piensas más, hay ya muchos niños pequeños, y cada día son más, cuyos abuelos no han podido votar la Constitución. Y muchísimos jóvenes, ya mayores de edad, cuyos padres tampoco la han podido votar, como ocurre en mi caso.
Y entonces, ¿no estamos siendo, en cierto modo, excluidos del sistema por el propio sistema? Y pensándolo más, ¿no es la Constitución un contrato que establece la Ciudadanía con sus instituciones? Y de ser así, ¿no ha caducado ya hace mucho tiempo? ¿Y qué legitimidad le puedo dar a una ley que ni tan siquiera mis padres pudieron votar? ¿No están quedando ellos, también, en cierto modo, fuera del sistema? Y de no ser así, explíquenme qué es.
Y en cualquier caso, si hay una mayoría de gente que la rechaza, ¿sigue estando legitimada? ¿Y si la hay, por qué no se cambia de una vez? Y en particular, si en un territorio concreto hay una gran mayoría de gente que no está de acuerdo con esa Constitución y la quiere cambiar, ¿sigue siendo legítima en ese territorio?
¿Y por qué se utiliza la excusa “lo dice la Constitución” para dejar de hacer política? ¿A caso es la Constitución una especie de biblia inalterable? ¿O es solo la biblia de esta ideología “nacionalconstitucionalista” que ya casi se ha convertido en religión?
Resumiendo, creo que tengo motivos para pensar que podemos desobedecer esta Constitución, porque si ni mis padres ni yo hemos podido votarla, y como los míos, muchos otros, si ni la mayoría de la gente del estado en el que vivimos la votó, si la mayoría de la gente de estado que la pudo votar murió, si el gobierno de este estado la desobedece y la desobedeció, y la utilizó a su gusto para abusar de su poder a su conveniencia, si la propia Constitución tiene contradicciones, si la clase trabajadora ha quedado de forma ampliamente mayoritaria fuera de la votación de esta Constitución, si se ha reformado un par de veces sin referéndum popular, si no se reconoce por una gran cantidad de gente y por algún territorio en concreto, ¿no está total y absolutamente deslegitimada? Y en este caso, ¿por qué yo la debería obedecer? Y no solo yo, ¿por qué alguien de nosotros la deberíamos obedecer?
Esto no es ningún llamamiento a la desobediencia, es un llamamiento a la reflexión. Y si reflexionáramos un poco más, creo que estaríamos ampliamente de acuerdo en que ni la Constitución, ni por consiguiente, el Estado, cambiarán en cuestión de décadas. Algunos, en muchas partes de este estado, no tendrán, por desgracia, más remedio que seguir tragando todas estas décadas sin cambios. En otras, por suerte, se puede conseguir este cambio, que pasa por un proceso de autodeterminación que resulte en independencia, que significan, precisamente, y por muy radical que parezca, eso mismo, “determinar qué queremos ser” y “dejar de depender de”, en este caso, de un estado cuyos distintos gobiernos se han preocupado más bien poco por su ciudadanía. Y en el caso de Cataluña, no nos engañamos, sabemos que no va a ser un país perfecto. Simplemente, nos basta con que sea digno, democrático, de todos, y para todos. Nuestros familiares y amigos, o más en general, la gente a la que queremos, se lo merece. Privarnos de este nuevo país significaría seguir sometido a esta vieja política del estado español, con lo que todo eso implica. Y piensa bien qué significa “con lo que todo eso implica”. Aprovechemos la oportunidad. Desobedezcamos a quienes no nos representan y construyamos todos juntos este nuevo país.
Víctor Martín, miembro de Súmate