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ADIÓS, PRESUNCIÓN DE INOCENCIA, ADIÓS

Obsesión. Esta es la palabra que mejor define el estado anímico del juez Llarena. Pero la obsesión obnubila la mente, aturde la inteligencia y conduce a errores, a veces, monumentales. Puede ser en un campo de fútbol con un jugador obsesionado con otro jugador del equipo contario, puede ser un vendedor obsesionado por conseguir unas determinadas cifras de ventas o una persona obsesionada por conseguir el amor de otra.

El juez Llarena tiene obsesión por ver en la cárcel a todos los políticos que han tomado parte, en mayor o menor medida, en el llamado proceso catalán. Este juez “del que usted me habla”, sin duda con una obnubilación de la mente, ha pedido que el Ministerio de Hacienda justifique por escrito alguna cosa que no ha existido. Parece imposible pero el señor Llarena, con su actitud, se ha cargado la presunción de inocencia de los imputados. ¿Cómo se puede certificar alguna cosa que no se ha producido?. Dadas las explicaciones del ministro, pedir que se certifique que no ha existido malversación es como si se pidiera a alguien que certifique que ninguna ballena ha llegado jamás a la Luna. ¿Qué pruebas se pueden presentar para negar aquello que no ha existido? Pero hay más. No sólo existen las declaraciones del ministro, también hay las del Presidente del Gobierno, en sede parlamentaria, en el mismo sentido.

Por otro lado, es el fiscal el encargado de presentar las pruebas de la acusación y el jue ha de limitar sus acciones a considerar si las pruebas presentadas son suficientes o no para condenar al acusado. El juez ha asumido el papel de fiscal, investigando i buscando las pruebas, un hech que debería ser insólito pero al que ya nos tiene acostumbrados la justicia española. Este intercambio de papeles en la justicia no es nuevo, sólo hay que recordar la actuación del fiscal en la imputación de Iñaki y Cristina, llegando a convertirse en su mejor defensor durante meses.

Hoy el juez ha traspasado todas las líneas rojas de una justicia independiente, neutral y objetiva, sobre todo objetiva, para convertirse en una vergüenza nacional que ha levantado las iras de todos los que apuestan por una justicia libre de prejuicios y obsesiones, sean independentistas o no.

Además, el juez ha puesto en una difícil tesitura al Ministro Montoro. Si el Ministro aporta pruebas en contra de sus repetidas declaraciones y de las de algún alto cargo de su departamento, será un ministro mentiroso y, según los dictados de la democracia, tendrá que dimitir irremediablemente. Si el ministro le repite al juez por escrito lo que ya ha dicho de palabra delante de numerosos testigos y de lo que hay constancia audiovisual, entonces será el juez quien habrá quedado al descubierto y, por ética, tendrá que presentar la renuncia de forma inmediata. ¿Será capaz el señor Llarena de dimitir? Lo dudo.

Con su decisión, el juez se carga la presunción de inocencia de los acusados y asoma la cabeza al peligroso precipicio de la prevaricación. Y todo delante de la atenta mirada de las justicias europeas que ya están cuestionado si la justicia española es tan objetiva y libre de prejuicios y obsesiones como han de ser todos los implicados, sean jueces, fiscales o defensores. No es una cuestión baladí. Están en juego muchas cosas pero, principalmente, dos. Por un lado, la libertad y el buen nombre de personas cuyo único delito fue obedecer al pueblo soberano. Por otro, la credibilidad de la justicia española que está siendo sometida a un fuerte descrédito, nacional e internacional, por aquellos que más tendrían que velar por su integridad.

El tiempo, juez implacable y sin obsesiones, pondrá las cosas en su sitio

Chema Clavero

Ex presidente de Súmate

Bellaterra, 22 de abril de 2018

 

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