Castelar, Azaña y Rufián

Por Manuel Puerto

Estaba siguiendo la intervención del “sumatito” y colegui Gabriel Rufián “en lo de Sánchez” (según expresión de un babeante y aturdido Pérez-Reverte). Mi mente me trasladaba tozudamente a la parábola de los talentos; ya saben, esa que habla de las onzas que le son entregadas a cada hijo de Adán para que las haga fructificar (nada dice de las hijas). En ocasiones he pensado, que el éxito como best seller de la Biblia, es debido a que no entra en demasiados matices. La ballena se tragó a Jonás y sin más explicaciones, tres días después lo depositó como nuevo en una playa. Lázaro resucitó y ni siquiera sabemos que hicieron con sus vendas.

Es obvio que a Gabriel no le fueron entregadas las mismas onzas que a Churchill, Donald Trump, Rajoy ó Rivera. Cuando los neo-lerrouxistas de C’s se carcajeaban nada más empezar su intervención –tal como mandan los cánones del marketing político-, pensé por un momento, que al igual que hizo Pilar Manjón -en su comparecencia tras el 11-M-, les iba a espetar: ¿Y ustedes de que se ríen?, pero no, Gabriel tenía el tiempo tasado y venía dispuesto a no distraerse con monerías.

A Gabriel le fue entregada tan solo una onza más que a sus vecinos el Vaquilla y al Torete, pero en lugar de invertir su dote en droga y delincuencia, la invirtió en desarrollar su preocupación por la sociedad que le rodeaba. Su discurso destila esta preocupación y les puedo asegurar que no es teórica; es una preocupación militante que incluso ha llegado a conformar su carácter. Su mirada transluce en ocasiones una santa indignación hija de la impotencia.

Es bien sabido que los catalanes en Madrid vienen exigidos a demostrar un plus respecto a los que proceden de otros lares. Para aspirar a ser valorado mínimamente en un Congreso que todavía no ha superado el síndrome de Estocolmo del 23-F -además de atenerte a las líneas rojas impuestas por los herederos del franquismo-, estás obligado a superar la oratoria de Castelar ó como mínimo la de Manuel Azaña. Cuando desde el mismo estrado un baturro de bien envió ¡a la mierda! todo lo que representa Arturo Pérez-Reverte, ni siquiera pestañeó. Tan solo aceptó la invitación y se limitó a revolcarse en silencio sobre la corrompida mierda que engalana su querida España.

Gabriel Rufián Romero, es el primer diputado catalán que ha conseguido alterar profundamente la bilirrubina de sus españolas señorías, incluida la de un caballero de triste figura apellidado López. Habrase visto tamaña desfachatez: ¡charnego e independentista!

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