Rebelde

Compartimos con vosotros este bonito relato de Andrea, que fue galardonado con la mención de honor en la Primera edición del Certamen Literario de Sumate 2018.

Autora: Andrea Comajuncosas Silva

Rebelde

“Nos vamos a Barcelona”, dijo mi padre. Recogimos nuestros bártulos y dejamos atrás un paisaje conocido, un acento lleno de eses y zetas, de palabras a medio decí o medio desí… Nos alejábamos de una tierra que trabajamos como bestias, de unas costumbres, de una casa sin luz ni agua pero con pan caliente cada día (¡o cada dos!)… Mi infancia duró poco, con diez años me enviaron a Málaga a cuidar niños y con quince estaba sirviendo casas. Apartada de mi casa y mi familia: eso no tiene ni nombre ni sentío. Somos siete hermanas y un hermano. Sólo él fue a la escuela. Mi padre nos enseñó a leer y escribir a las niñas, a la luz de la lumbre, durante las tardes de invierno. Qué palabra tan bonita, lumbre. Y qué injusto no poder ir al colegio. Y tú has ido a la universidad, ¿te imaginas? Un día me leíste un verso que me encantó, y me lo apunté en la libreta de las cosas importantes, escribiendo poco a poco y fijándome mucho para no dejarme ná, ni un punto ni una coma ni un asento, qué corahe loh asentos! Te lo leo:

«A l’atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona,
de classe baixa y nació oprimida.
I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel.»

Pues yo cumplo los tres requisitos. Los tres bien cumplidos. Porque mi tierra también está oprimida: la de nacimiento y la de acogida. La de raíz y la de esqueje. La de mis padres y la de mis hijos y nietos. La del principio y la del final. Mis dos tierras. Tiene narices la cosa.

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Osti, la mama! Encara guarda aquella llibreta que li van regalar al papa en un lot de Nadal. No sé pas què hi deu escriure, allà. Avui està contenta, la tarda és per nosaltres dues, mirant aparadors i comprant coses per Barcelona. Mirarà coses per al Martí i el Jan: els nets primer, sempre. Alguna cosa per al Santi i per a mi, després. Som els seus fills, tu! I ja de tornada cap a l’estació de tren, alguna cosa per ella. Ella sempre l’última. El tros una mica sec del pastís. La cadira de la punta.

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Los recuerdos de mi casa están llenos de risas y de colores. Y también de algunos silencios. Vaya, como en todas las casas. Teníamos poco, pero nos teníamos a nosotros. Cuando el día era largo, la jornada en el campo también se alargaba mucho. Mil juegos inventados, canciones y chascarrillos nos acompañaban por las vereas, salpicás de asebuches. Cuando alguna se despistaba un poco, mi hermana mayor chillaba: “que vienen los tíos mantequeros!”. Corríamos como balas hasta casa, llenas de polvo y despeinás. Un poco asustadas pero felices de estar bien.

Un día me preguntaste como era vivir en el campo. Y pensando, me vino a la cabeza un momento de aquellos mágicos que se clavan en la memoria y en el pecho. Era verano, y en el cielo no se veía ni una nube. Anochecía y se oían las cigarras cantar muy fuerte. Era tiempo de siega, y en la era había una montaña de paja recién recogida. Y encima, una tela. Nos encaramamos mis hermanos y yo y nos estiramos en aquel colchón mullidito. La paja crujía por nuestro peso y nuestros movimientos. Yo me balanceaba un poco, con mucho cuidado, para oír el cric-crac de la paja. Mi padre nos vio y se sentó a nuestro lado, en un taburete que cojeaba un poco. Él sabía leer el cielo y las estrellas. Nos empezó a explicar con su voz cansada nombres de estrellas que ya no recuerdo. Cric-crac, cric-crac. Historias antiguas, casi susurradas. Cric-crac, cric-crac. Levantó el brazo y señaló la Vía Láctea. “¿Veis aquellas estrellas que brillan allí? Es el caminito de Santiago”. Y entonces vi una estrella fugaz. Solo la vi yo, brillando muy fuerte. Cric-crac, cric-crac. Sentí que no podía ser más feliz.

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Estic una mica atabalada, quina xerrera que té! Fa una estona que no miro el mòbil, potser estic una mica enganxada al mòbil? Què diuen al grup de whatsapp de l’escola? Nota mental: sortir pitant dels grups de pares i mares i que hi entri el Jordi. Que a mi m’explotarà el cap. Mira, millor li envio un whats al Jordi, perquè a mi les notes mentals fa temps que no em funcionen! I mentrestant, mira-la ella… Que si quan era petita això, que si una nit d’estiu i les estrelles, que si uns asebuches… Què carai són els asebuches? Entro a google, veig que s’escriu amb “c”, dos segons d’espera i ja ho tinc: olivera silvestre. Tot aquest món per mi és tan desconegut… massa i tot. Faré 40 anys i no he trepitjat mai Andalusia. Allò que fa molta gent de passar uns dies de vacances “en el pueblo”… a casa no ho hem fet mai. M’encantaria que m’ensenyés on va viure, que m’ho expliqués amb les seves paraules, veure el Torcal, que diu que té un aire a Montserrat… Algun dia ho farem! Anirem al camp, em descalçaré i amb els peus nus escoltaré les seves històries i records, i connectaré amb un passat que no és el meu però que és part de mi.

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En aquellos tiempos había muchos privilegios, mucha camisa almidonada, mucho señorito andaluz… Y mucha necesidad. Y mucha desigualdad. Y para cambiar ese destino ya escrito hicimos lo que tantos. Las maletas.
Dejé mi tierra de un portazo y no eché la vista atrás. Me alejaba de Andalucía, de Málaga, de Villanueva de la Concepción, del campo, del chaparro que todavía hoy da bellotas y buena sombra. Tenía 22 años. El 11 de noviembre del 1966 llegábamos mis padres y cinco hermanas a Barcelona. En mi cabeza sólo había ese punto de destino: Barcelona. Nadie hablaba de Catalunya, ni sospeché que aquí se hablara catalán. Llegamos un sábado y el jueves siguiente ya estábamos trabajando mis cinco hermanas y yo en una fábrica textil de Vilafranca del Penedès. Que por qué no hablo catalán? Cucha, que con los nietos sí que hablo catalán, a mi manera, pero es que soy muy vergonzosa y mira… La verdad es que no me ha hecho falta. Te estaba diciendo… La fábrica era la Madofa. Mis compañeras hablaban catalán, por supuesto! Y yo intentaba entenderlas, pero sobre todo al principio de tanta concentración se me quedaba la cabeza apretá! Un día, la Montse, una compañera muy salá, me dijo una frase en catalán muy lentamente para ver si la entendía. Me dijo: “avui agafaré el tren, passaré el dia a Barcelona i tornaré al vespre”. “Oyeeeee, que creo que lo he entendido todo! Hoy cogerás el tren, pasarás el día en Barcelona y volverás en una Vespa!”. Qué risa, madre mía!

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D’acord, avui no m’escolta. Ma mare no m’escolta. I té moltes ganes de parlar, està claríssim. Els records i les anècdotes es barregen i s’entortolliguen, algunes històries ja me les sé, però aquesta de la Vespa no l’havia sentida mai! Quina vida, la de ma mare. I la dels meus “abuelitos”. I la dels meus “titos” i “titas”. Quan era petita, em feia entre gràcia i vergonya saludar les meves tietes: “tita” amunt, “tita” avall… Diu que parla català amb el Martí i el Jan, i és veritat! Però de seguida canvia de tema, la molt punyetera… Crec que aquesta és una assignatura pendent per a ella. Molta gent, quan va arribar, va començar a parlar amb ella en castellà. I més de 50 anys després, encara fan el mateix. I entre la vergonya i que es va acomodar, doncs ja ho tens. Amb els seus defectes i virtuts, és una dona fantàstica. Forta. Amb empenta. Molt generosa. I que no escolta. I que fa el que li sembla, encara que no acabi d’encaixar amb el que s’espera d’ella. No sap ballar sevillanes. Ni sardanes. Amb 70 anys, li encanta pujar fotos a Instagram: “nena, ¿has visto cuántos lais tiene mi última foto?”. Fa un fricandó insuperable. Té un llaç groc penjat del balcó. No parla català. Si pogués tenir un superpoder, seria el de menjar infinitament, com disfruta amb la bona teca! Vol que Catalunya sigui independent. I ens estima per damunt de tot. Llàstima que no escolti.

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Nena, me estás escuchando? Deja el móvil un rato… Fueron tiempos fantásticos: volvíamos a vivir todos juntos, teníamos trabajo y toda la vida por delante. Nuestra llegada a Gelida fue una pequeña revolución: una familia andaluza con muchas hijas había cogido un piso al lado de la iglesia. Hacíamos lo mismo que las chicas de nuestra edad: trabajar y salir los fines de semana. Tu padre me sacó a bailar un día y allí empezó tó. Con mucha prudencia, porque me habían dicho que los chicos catalanes que iban con andaluzas no tenían buenas intenciones. Algunos amigos del papa, cuando supieron que “festejàvem” (déjame decirlo en catalán, que es precioso), se llevaron las manos a la cabeza. “Estàs boig, nano! Surts amb una de fora?”. Cómo lo diría… Entrar a formar parte de una familia catalana de toda la vida no sentó igual de bien a todo el mundo. Y no hablo de la familia del papa, sus padres, sus abuelos o su hermano… El avi, mi suegro, siempre fue muy cariñoso conmigo, el pobre hombre se esforzaba en hablarme en castellano y lo entendía menos que cuando me hablaba en catalán. Y la iaia, que desde el primer día me habló en catalán, me trató como a una hija. Pero sí que hubo gente de su entorno, una minoría, personas contadas que no lo encajaron bien, cuando nos las cruzábamos por la calle tenían la habilidad de saludarlo solo a él, de hacerme sentir diferente. Suerte que fueron muy pocos, y básicamente al principio. Es la teoría de la cebolla.

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Xarnega. Un dia, jugant a casa dels avis, va venir un veí a portar-los planter per fer les tomaqueres a l’hort. Ho recordo perfectament. Van començar a parlar de mi, que si m’assemblava a mon pare, que si tenia el seu cabell i el seu aire a l’hora de caminar. Jo vaig contestar-li alguna cosa, que els va fer riure a tots. I llavors, la frase fatídica: “aquesta nena no sembla xarnega”. No ho vaig acabar d’entendre, però no em va agradar gens. De cop, passava a tenir una nova categoria: xarnega. Ho era però no ho semblava, i això estava millor que ser-ho i semblar-ho, als seus ulls. Ara em fa gràcia i tot! Avui li diria que aquella xarnega és filòloga catalana, o sigui que com a societat ho hem fet prou bé. Li explico l’anècdota a ma mare. El món és molt petit. La mateixa persona que li va fer un lleig a l’hora de saludar-la, és la que anys més tard em deia xarnega. Són pocs però fan molt de soroll. I ara la seva neta surt amb un noi fantàstic. Equatorià. És el karma.

 

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Estaba haciendo el sofrito de los macarrones, y tenía un montón de cebollas en el mármol de la cocina. Muchas cebollas. Todas parecían iguales, pero no lo eran. Como toda la inmigración que llegó a Catalunya en los años 60. Daba igual de dónde viniéramos: éramos “gent de fora, forasters”. Pero a medida que nos iban conociendo, ya pasamos a ser “andaluces” o “castellanos”. Que tiene guasa que a mí que soy andaluza me llamen castellana, pero bueno… Y como una cebolla, que tiene muchas capas, empezaron a descubrir quién éramos y cómo éramos. Nos conocían por nuestro apellido, las Silva. Otra capa. Y después ya no hablaban de nosotros en bloque, ya fui la hija de Miguel, o la novia de Santi, o la hermana de Antonio. Otra capa. Hasta que llegaron a Andrea. Y esa soy yo.

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Així ets tu. L’altre dia vaig trobar la teva llibreta al calaix de l’entrada. Al costat de les cartes que tu i el papa us escrivíeu quan feia la mili a Sant Climent. Any 1969. Els mails i whatsapps del segle passat. Mirar la teva llibreta em fa vertigen. Una foto en blanc i negre del papa i tu molt joves i somrients, galta contra galta. Uns versos de Maria-Mercè Marçal. La recepta del fricandó. La llista d’aniversaris i sants de tota la família. El número del teu DNI, mòbil, PIN i PUK. I a l’última pàgina, una foto retallada d’una revista. La Via Làctia. El caminito de Santiago.

Así eres tú… Rebelde.

 

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