Ha pasado usted por Catalunya con motivo de la campaña electoral y ha dicho cosas. Hace meses que viene usted diciendo cosas sobre Catalunya y la cuestión del derecho a decidir. Recuerdo por ejemplo un interesante artículo en La Vanguardia que iba más allá de la doctrina oficial del PSOE y que no sé si hoy volvería a escribir. Es usted uno de los pocos políticos españoles que no ofende cuando habla de Catalunya. No nos ha llamado nazis, ni liliputienses, ni hobbits, ni insolidarios, ni locos. O al menos no me consta. Fíjese a qué punto hemos llegado, cuando se habla de nuestro país sin faltar al respeto nos llama la atención.
Hay un hilo argumental constante en sus intervenciones. Reclama usted una negociación entre las fuerzas políticas que evite la independencia a través de un nuevo pacto constitucional de tipo federal. Quiero explicarle por qué este es un planteamiento, en el fondo y en la forma, muy alejado de la actual centralidad social y política catalana y, por tanto, sin posibilidades reales de prosperar. Lo resumiré en tres puntos.
Primero. El suyo es un planteamiento cerrado porque sólo imagina un final posible, que es que Catalunya siga formando parte del Estado español. Eso es lo contrario del derecho a decidir que reclama la mayoría social en Catalunya. Decidir significa decidir, y eso incluye la posibilidad de decidir quedarse, claro que sí, pero también la de decidir irse. Si al final sólo puedes votar si te quedas o te quedas, no estás decidiendo. Y la gente aquí en Catalunya no aceptará esta limitación democrática.
Segundo. El suyo es un planteamiento viejo. De política antigua, quiero decir, de la que se hace de arriba a abajo: las élites políticas de Madrid y Barcelona se encierran en un despacho con línea telefónica directa con las respectivas élites económicas y cocinan un acuerdo que posteriormente se somete a votación. No dudo que en la mayor parte de España esta manera de hacer política siga plenamente vigente, pero debe saber que aquí en Catalunya esto se ha terminado. La mayoría de los partidos han entendido que ahora, y al menos en este tema, tendrá que ser al revés: primero se deberá obtener un mandato democrático popular, y luego ir a Madrid a trasladarlo, ya sea ese mandato “negociad para quedarnos” o bien “negociad para irnos”. Usted propone un método de arriba a abajo y esta vez el catalanismo reclama un método de abajo a arriba, donde el punto de partida y de llegada es la voluntad popular.
Tercero. El suyo es un planteamiento de antes de que lo nuestro se jodiera. Disculpe la grosería, está tomada del título del último libro del periodista Arturo San Agustín, que habla de la relación Catalunya-España y se titula precisamente así, Cuando se jodió lo nuestro. Y es que ya no hay la confianza imprescindible para iniciar un proceso como el que usted propone. No sé si es usted consciente de ello, pero lo que pasó con el Estatut significó una brusca y profunda quiebra de confianza que para muchos, muchísimos, no tiene marcha atrás. El grueso central del catalanismo social y político ya no se fía de la clase política española. No es que no se fíe del PP sino que ahora ya tampoco se fía del PSOE. Dijeron que respetarían el Estatut que aprobase nuestro Parlament y lo recortaron (con cachondeo incluido: “Le hemos pasado el cepillo”). Aún así, y sin entusiasmo, lo aprobamos en referéndum. Y entonces vino el Constitucional y se cargó lo que los ciudadanos habían votado en referéndum. Fue un via crucis con final de muerte. ¿Pretende usted que ahora los catalanes nos volvamos a meter en un proceso de este tipo, aún más complicado que la reforma del Estatut, y donde al final siempre acaba mandando la mayoría PP-PSOE?
Debe usted pensar que si todo esto que le cuento es cierto, la sociedad catalana ha cambiado mucho. Es cierto, ha cambiado mucho. Pero tampoco reclama nada que pueda chocarle a un demócrata, porque lo innegociable no es la independencia. Lo innegociable es el derecho a decidir nuestro futuro. Pongan urnas, por favor.
Eduard Voltas (@eduardvoltas)
Fuente: NacióDigital.cat
Una respuesta a «Carta abierta a Ramón Jáuregui»
Breu, clar i precís. Com ha de ser…