Los analistas no se quejarán. Vivimos uno de los momentos más complejos de nuestra historia política. En un tiempo breve, desplazamientos, correcciones, desembarcos, propuestas, pseudopropuestas y contrapropuestas se entrecruzan y ello, en un marco europeo muy tensionado.
Que nadie diga que Rajoy y los suyos no pasarán a la historia. Pocos gobiernos han sido más dañinos para las clases medias y trabajadoras. Desde su concepción neoliberal y su sometimiento a la Troika ha triturado a todas las capas populares hasta poner en peligro su propia existencia. No son necesarios muchos ejemplos: 24% de paro, 17% de la población en riesgo de exclusión, precariedad, degradación salarial, pérdida de todo tipo derechos, deuda pública del 100% del PIB, corrupción sin límites, Bankia y una multitud de desafueros en provecho propio, pagados por los ciudadanos.
El involucionismo no solo abarca a los aspectos económicos sino también a todos los aspectos de nuestra vida, educación, salud, derechos cívicos, leyes mordaza, reformas del código penal, atentados a los derechos civiles y, especialmente, contra las mujeres, resurgimiento del nacional catolicismo, uniformidad, falta de todo tipo de diálogo, recentralización, postración de las autonomías, abuso de la mayoría absoluta, etc.
La situación es tan grave que, algunas mentes bien pensantes de las élites económicas y políticas madrileñas están buscando recambios que suavicen tanto despropósito. Y a los populares, para oponerse a la maniobra, solo se les ocurre “denunciar” que Ciudadanos no es de fiar porque es oriunda de Catalunya.
Pero, ¿es el reformismo una respuesta a esas políticas? ¿Pueden, los que promovieron y se han aprovechado durante lagos años del régimen surgido de la transición del 78, constituir una alternativa de profundización democrática en lo económico, lo político y lo social?
A los unos y a los otros hay quien les llama casta. Es decir miembros de una clase especial, jerárquica y endogámica, que no se mezcla con los ciudadanos, simplemente los utiliza y se aprovecha de ellos, que cuida de sus privilegios y, se alterna en el poder con oponentes de su misma condición, procurando diferenciarse mediante códigos ideológicos puramente instrumentales y, siempre, al servicio de las mismas élites económicas, financieras y especulativas.
En la actualidad, en el reino de España, padecemos una casta con costra, consolidada en sus dos facetas, la involutiva y la autoproclamada reformista. Ahora, el reformismo, defiende una tenue modificación de la Constitución, a sabiendas de que ello es imposible, atendida la empanada ideológica de su electorado, los intereses que efectivamente representan, y la imposibilidad de alcanzar las mayorías parlamentarias necesarias para promover un cambio constitucional por pequeño que este sea.
Este panorama podría verse alterado. En el campo del reformismo están surgiendo dos iniciativas. Una, con un discurso de centro derecha moderno, que pretende suavizar la deriva ultra del PP. El otro, que nace con un lenguaje de socialdemocracia radical y que, en pocos meses, se ha ido difuminando hacia posicionamientos ideológicos cada vez con menos mordiente con conceptos y compromisos cada vez más indeterminados. A la caza del voto, el laboratorio de los tecnócratas de la politicología madrileña ha ido elaborando fórmulas indefinidas, de uso universal, asumibles tanto por la izquierda como por la derecha.
No es sorprendente que, confundido, un ultraderechista como Saenz de Ynestrillas pidiera el ingreso en Podemos alegando que su discurso es lo más parecido al de la falange auténtica. Es como el de José Antonio “pero dulcificado”, dice.
¿Estamos en los albores de una nueva casta? Los que sufrimos la transición del 78, no podemos dejar de comparar el “que se mueva no sale en la foto” con las abusiva utilización de la “lista de los candidatos de Iglesias” en las elecciones internas de Podemos. Tampoco podemos dejar de comparar consignas como a la “OTAN de entrada no” y relacionarlos con mantras como el de los de “arriba y los de abajo”.
Cuesta adivinar, en el reformismo, voluntad transformadora y, menos aún, rupturista. Más allá de la retórica, de sus frases progresivamente vacías, nos preguntamos porque proponen “reformas” y no la apertura de un proceso constituyente que movilice a la ciudadanía, anule los efectos negativos de la transición, que se defina por la república y la abolición de la monarquía, por la efectiva separación de poderes y el establecimiento de un verdadero estado de derecho, que permita perseguir a los corruptos de antes, de ahora y del futuro con toda rotundidad, por un sistema fiscal que posibilite una verdadera distribución de los recursos entre los ciudadanos y el establecimiento de una sistema que desarrolle la democracia económica, política y acabe con el poder de los bancos, de las eléctricas, de los grupos de presión de las élites extractivas, desarrolle una política de paz, convivencia y solidaridad con los pueblos del mundo, libere a la mujer y ponga fin a la sociedad patriarcal que la explota y desplace a la Iglesia Católica y sus instituciones al ámbito de lo privado sin prebenda alguna del estado y que, cuando hable de derecho al trabajo, éste sea en condiciones y bien retribuido y cuando se refiera derecho a la vivienda o la sanidad éstas sean sea dignas y al alcance de todos los ciudadanos…
No es un problema de componer, apedazar, enmendar o reformar una constitución obsoleta.. Es necesario romper, deconstruir y levantar una nueva sociedad.
Por ahora, solo en Catalunya se dan las condiciones para que se produzca la ruptura. Ruptura con el sistema constitucional surgido del franquismo, con una monarquía cuya única fuente de legitimidad está en la imposición del “atado y bien atado”, con un estado que no reconoce la soberanía de los pueblos que lo componen, ruptura con un sistema político y institucional quebrado, ruptura con un sistema basado en la injusticia social permanente.
La ruptura, en Catalunya, se expresa mediante la declaración de independencia y la proclamación de la República Catalana. La ruptura exige una importante movilización y la participación de las clases populares en la redacción de la constitución. Debemos propiciar un extenso y profundo debate sobre como queremos que sea nuestro futuro. No es un tema que se pueda delegar. Tampoco se puede dejar el campo libre a las élites ni a los despachos de los grupos de presión.
Nos hallamos ante una oportunidad, la de instituir una sociedad libre justa y socialmente avanzada, la República catalana llama a nuestra puerta, no la dejemos pasar. Luchemos porque la democracia y la participación penetren en la economía y en la política, defendamos los derechos sociales.
Que el pueblo sea motor de la historia. No es necesario repetir los mismos errores. No dejemos que otros cocinen nuestro futuro. Por una república Catalana Independiente.
Alfredo Bienzobas
Fuente: La Cisalla num. 11, 1 de marzo de 2015
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