A continuación les presentamos este maravilloso relato escrito por Maria Navarrete Cano con el título «Emigración a Barcelona de una familia andaluza» que quedó galardonado como finalista en la primera edición del certamen literario de Sumate 2018. Disfrútenlo;
EMIGRACIÓN A BARCELONA de UNA FAMILIA ANDALUZA
Somos un núcleo familiar compuesto por padre, madre y cuatro hijos, que llegamos a Barcelona en el año 1958 procedentes de Úbeda (Jaén), donde quedó el resto de familiares. La causa fue la pérdida del trabajo de mi padre sin posibilidad de otro para poder subsistir.
Habían transcurrido dieciocho años desde el final de la Guerra Civil. Andalucía, empobrecida por la postguerra y secuestrada por terratenientes sin visión ni planes de futuro. Incapaces de construir sobre lo demolido, crear nuevos proyectos de trabajo ni riqueza, sin intención de mantener lo que ya funcionaba y propiciando la corrupción.
Fábricas y talleres desaparecían zanjando cualquier atisbo de recuperación y ni siquiera el mayor de los recursos de la región, los olivares, podía asegurar el aumento de bienestar de sus habitantes, obligando a miles de trabajadores a abandonar la tierra de sus antepasados.
Así, la pobreza se instalaba en muchas poblaciones rurales andaluzas con la consecuencia de hambre, desnutrición, enfermedades, muertes prematuras en la infancia, miedo, alcoholismo, una alta tasa de analfabetismo en adultos y niños sin escuelas, viviendas insalubres sin sanitarios y un gran desconocimiento de derechos, dando lugar a enormes injusticias.
La mujer, dominada por una sociedad paternalista, machista, y por dogmas
religiosos de una Iglesia al servicio del poder, padecía situaciones de abuso y las palizas en el reducido espacio familiar eran tan frecuentes que nadie se atrevía a denunciar ni a plantar cara a los agresores. Pues era uno de los pocos derechos que a la población se le consentía, la de que el padre de familia ostentara el dominio sobre esposa, hijos e hijas.
Así funcionaba aquella sociedad bajo los valores y directrices de una dictadura.
Mi padre, Manuel y mi hermano mayor, Manolo, con diecisiete años, emigraron a Barcelona para conseguir trabajo, dinero, casa y poder reunir al resto de la familia, a mi madre, a mis dos hermanos y a mí. Papá llegó a la gran ciudad con el dolor de dejar atrás su familia, su tierra, atisbando los cincuenta años. Con el temor natural a lo desconocido, pero con la mente abierta a nuevos retos, acicate para resolver la responsabilidad que dejaba atrás. Se instalaron en una de las baratas pensiones que se encontraban en la zona más antigua, vieja y degradada de Barcelona, llamada entonces el Barrio Chino.
Esta gran ciudad crecía de forma descontrolada, el aluvión de emigrantes que diariamente recibía, forzaba la construcción de viviendas baratas en el extrarradio, de baja calidad y deficientes servicios. Pero era la única alternativa para los recién llegados y era mucho más que lo que en sus tierras de origen podían aspirar.
Mi padre, que había aprendido en el pueblo el oficio de albañil enseguida empezó a trabajar en una empresa de construcción en la parte alta de la calle Muntaner. Y mi hermano tuvo la oportunidad de acceder a un taller de mecánica, adecuado a la formación que ya había realizado en el pueblo. Poco tiempo después dejaron atrás las deficientes condiciones de la pensión, para pasar a una habitación realquilada en una vivienda particular, llamada en aquellos años «vivir de mestressa», que incluía el lavado de la ropa y otros servicios de tipo doméstico. Comenzaron a ver el futuro con optimismo, a pesar de que el trabajo era duro y la jornada, larga.
Hasta que un día llegó una carta de papá diciendo que ya había conseguido el traspaso de una casa para que nos pudiéramos reunir de nuevo, toda la familia, en Barcelona.
Y el 28 de setiembre del año 1958, emprendimos la que sería la marcha definitiva hacia nuestro nuevo destino. De Úbeda viajamos a la estación de tren de Baeza. El apeadero semejaba un gran mercadillo, repleto de bultos y enseres de todo tipo. Mujeres de todas las edades con niños en los brazos; hombres enjutos, de caras arrugadas y acartonadas por el sol; niños, jóvenes y adolescentes inquietos; ancianos de cuerpos doblados bajo las
camisas de popelín desgastado y confección doméstica. Gente sentada sobre maletas de cartón forradas en telas de tristes cuadros marrones, grises, negros y fuertemente sujetas con cuerdas para no reventar. Jaulas de madera y alambre repletas de aves de corral, pájaros y conejos, sofocados por el calor y la falta de espacio para moverse. El tren, como temeroso de la carga que se le avecinaba y que ya venía medio lleno procedente de Sevilla,
por eso le llamaban “el Sevillano”, se resistía a llegar, aumentando el nerviosismo característico de todo aquel que comienza un viaje hacia lugares desconocidos, exentos del idílico placer de unas vacaciones. La mayoría de los viajeros, acostumbrados a recibir poco, asumían su destino con resignación, eran hijos de una tierra que no les pertenecía a pesar
de haberla trabajado a cambio de sueldos exiguos y horarios de sol a sol sin días festivos. Ahora eran expulsados de lo que podría haber sido un lugar en constante crecimiento, de no ser por la codicia de unos pocos señoritos que ni siquiera la tenían en cuenta, afincados lejos de aquella realidad, en la capital de España.
Muchos partían sin sus mujeres, hijos ni familiares con la incertidumbre de no saber cuando sería el reencuentro. Y por sus mentes circulaban imágenes de historias escuchadas y pasadas de boca en boca por los que, tiempo atrás, hicieron el mismo camino y habían vuelto para explicarlas. Realidades de conocidos o desconocidos, muchas de ellas contadas a través de cartas entre familiares y amigos, con ortografía rozando el analfabetismo heredado de generaciones carentes de escuelas y maestros.
Ahora el día a día era su gran preocupación y explorar lo desconocido, su única expectativa. Entre los más jóvenes, a los que aún no les había sido arrebatada la ilusión y la alegría, se podían escuchar cómo emprendían la aventura entre risas y canciones. El tren se aproximaba y había que juntar a los niños y recoger todo el equipaje. Una vez visualizados los asientos numerados, toda una odisea, se aposentaron en los duros bancos de madera de tercera clase, que serían una auténtica tortura durante el largo trayecto, no menor de veinticuatro horas porque había que contar con retrasos y paradas especiales. Como la tan popular en Albacete, con tiempo suficiente para permitir bajar del tren y comprar los cuchillos y las tijeras, que tenían fama de gran calidad.
Pepito, mi hermano pequeño y yo, para ahorrar, no teníamos billete ni asiento, acomodándonos entre los huecos que nos dejaban, a ratos sentados sobre la falda de mi madre o hermana, adormilados y apretujados. Después de varias horas de acaloramiento, a mi hermano, de 5 años, no se le ocurrió otra cosa que la de abrir una de las jaulas que encontró por el pasillo y los animales revoloteaban despavoridos a la vez que gritos y manos abiertas corrían por atraparlos, con lo que se mereció una gran regañina y algún bofetón. Puertas y pasillos colapsados, echados en el suelo, dormitando, dificultaban el acceso a los retretes, por eso su bien ganada fama de tren “borreguero”. La noche llegó con esas interminables horas que parecen doblar a las del día. Hasta que, por fin, la fresca madrugada les resucitó aliviando la temperatura corporal y el sopor mental. Y otra parada providencial al borde de algún campo de frutales y verduras aliviaba el aburrimiento de los que osaban saltar a tierra para arrasar con todo lo comestible que encontraban a su alcance y el de los que observaban y animaban desde el tren para recibir alguna pieza sabrosa que degustar.
Con el característico acento del sur, los hombres desgranaban uno tras otro, imparables, los chascarrillos de moda del momento. Se aproximaban las siete de la tarde cuando voces alteradas anunciaron la entrada en la estación de Francia. Todos deseaban asomarse por las ventanillas, los nervios aceleraban las idas y venidas, los empujones y las patadas, las
quejas y las muestras de alegría se entremezclaban. Mi madre intentaba encontrar a papá mirando inquieta por un resquicio de una de las ventanillas. —¡Manolo, estamos aquí!—, y vio a mamá que agitaba las manos. Los abrazos y los besos desbordaron las fuertes emociones aplazadas durante largo tiempo.
Yo me había olvidado de cómo era mi padre, desconfiaba de todo el mundo, y me escondía tras mi hermana ante sus muestras de cariño. Poco a poco sentí tranquilidad y seguridad a
su lado y felicidad de volver a verle. Salimos a la calle y ya anochecía. Un tranvía nos llevaría a nuestra nueva vivienda y desde la ventana observaba, asombrada, los luminosos escaparates, fachadas engalanadas con anuncios publicitarios de brillantes colores, con un parpadeo incesante. Aunque lenta la marcha del pesado vagón de hierro, no me daba tiempo a leer todos los anuncios que cruzaban veloces ante mis maravillados ojos.
LLEGADA AL BARRIO DE LLEFIÀ, EN BADALONA
Mi padre había dado el dinero de la venta de la casa de Úbeda, como traspaso, en una casa de una sola planta emplazada en el corto pasaje de Lourdes, en el barrio de Sant Antoni de Llefià, en Badalona. Llegamos ya entrada la noche, la calle desierta, con luz amarillenta y lúgubre. La vivienda no disponía aún de luz eléctrica y cenamos con velas pan y mortadela, que papá nos ofreció como algo exquisito. Agotados por las emociones, las largas horas y enormes incomodidades del viaje, nos fuimos a dormir. El día siguiente amaneció radiante de sol, la casa se iluminó y cobró un aspecto casi acogedor. La vecindad se fue despertando y, a las pocas horas, ya sabían que unos nuevos vecinos se habían instalado en el barrio. Impulsados por la curiosidad y por el espíritu de solidaridad que une a los que se encuentran lejos de su tierra, algunos se acercaron a recibirnos y a ofrecerse para lo que necesitáramos. Pepito y yo, por nuestra corta edad, nos integramos enseguida en la nueva vecindad y pronto olvidamos lo que habíamos dejado atrás. El barrio estaba configurado por cuatro calles principales, cruzadas por algunas callejuelas y pasajes de tierra. Había campos extensos de maíz, de trigo, lecherías donde comprar la
leche directamente de las vacas y bòbiles, espacios abiertos donde fabricaban ladrillos de tierra.
A pocos días de llegar, mamá nos buscó una escuela. Los colegios públicos eran escasos, de una enseñanza de baja calidad. Mis padres, que valoraban mucho unos estudios en aquellos tiempos de tan alto nivel de analfabetismo, hicieron un gran esfuerzo económico para matricularnos a Pepito y a mí en la Academia privada del Carmen, donde algunos de los vecinos llevaban a sus hijos y de la que hablaban muy bien. Situada en el pueblo de al lado, Sant Adrià del Besòs, a ella asistían niños y niñas de la clase media alta de St Adrià. En poco tiempo se creó una sintonía y aceptación absoluta con los que llegamos, facilitando así nuestra integración en su cultura. Los que vivíamos en el barrio de Llefià, andábamos una media hora desde nuestra casa a la escuela y nos íbamos encontrando por los solitarios campos. Yo temía aquel largo camino por los peligros, que decían, acechaban.
Pero me di cuenta de que uno de los niños de mi edad que vivía frente a mi casa, de origen murciano, procuraba encontrarse conmigo, y desde entonces, me sentí segura y protegida por su compañía, acabando en enamoramiento y noviazgo de los 8 a los 12 años. En primavera y otoño llovía con frecuencia y las calles del barrio, la mayoría de tierra, se convertían en torrentes que formaban charcos como lagos que aprovechábamos para chapotear y jugar. El invierno era muy frío y helaba a menudo. Se nos cortaba la piel, nos salían grietas en los nudillos de las manos y sabañones en los dedos de los pies y en las orejas. El frío dejaba las calles desiertas y la radio en los hogares, fue la mejor compañía. A causa de la epidemia de la poliomielitis, algunos niños quedaron paralíticos, como el hijo del barbero y Satu, una joven adolescente que miraba los acontecimientos del pasaje a través de la ventana de su habitación. Pasábamos muchas horas en la calle, con pocos juguetes y mucha imaginación, mientras padres y hermanos mayores estaban muy
ocupados, pero tranquilos por la seguridad de un barrio sin tráfico y gente conocida que podían atendernos en caso de necesitarlo. Y de la mano de una chica del pasaje empezamos a disfrutar de salidas, iniciándonos en la práctica del excursionismo, tan arraigado en Catalunya.
En el mes de Junio se inauguró la fiesta mayor del barrio y las dos calles principales, la de Lourdes y la de Europa, se vistieron de color y música, con papelillos, orquesta y baile. Llegaron las primeras vacaciones del colegio y me enviaron a pasar un mes con una de mis tías en Úbeda, con la que había tenido poco roce. No te preguntaban, te decían te vas a ir con este familiar que viaja al pueblo y allí te quedabas sin protestar y sin ver a tus padres ni
hermanos hasta que volvías. Estuve muy bien en su casa, pero yo ya me sentía un poco fuera de lugar cuando no conseguía establecer una relación con otras niñas de mi edad, similar a las que ya tenía en mi barrio barcelonés, me miraban desconfiadas y recelosas. Mi madre, más de ciudad que de pueblo, porque pasó su infancia en Francia, recorría Barcelona investigando las numerosas ofertas de trabajo para todos aquellos familiares de primer y segundo grado que llenaron nuestra reducida vivienda los tres primeros años. Un taller de costura para que mi hermana, de 14 años, aprendiera el oficio de modista y enseguida le encontró un empleo muy bueno en Casa Vilardell a prima Conchi, que ya había obtenido en Úbeda el Certificado de Corte y Confección.
Las amigas catalanas, por la represión de su lengua, sólo nos hablaban en castellano. Pero en nuestros juegos, las canciones en catalán pasaban raudas de boca en boca, sin sospechar que rescatábamos el anhelo de expresión de un pueblo, burlando así a la censura.
Pasados 3 años, mis padres compraron un piso nuevo en un gran bloque, en St. Adrià, compartiendo vecindario procedente de toda la península. Al enfermar mi padre, mi madre nos buscó trabajo, a mi hermano con 12 años y a mí con 15 y tuve que dejar los estudios. De derechos y política no sabíamos nada por la dictadura que dirigía todo, pero con las inacabables ofertas laborales de la década de los 60 y 70 pudimos acceder a un mejor
futuro que el de nuestros antepasados.
Llegada la Democracia, me inscribí en las clases de catalán que ofrecían en los colegios públicos de nuestros hijos y así fue como, finalmente, me sentí totalmente integrada en esta tierra que tan bien nos acogió. Y aunque fue dura la emigración por las pérdidas que conlleva, pudimos alejarnos de la pobreza que se nos presentaba como única opción en nuestros pueblos de origen, afectados por una parálisis estructural sin posibilidad de desarrollo alguno.
Autora: Maria Navarrete Cano