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El cierre de Nissan en Catalunya

Se está extendiendo entre los voceros del estado Español, La Falacia de que Nissan marcha de Catalunya por culpa de Los independentistas catalanes, añadiendo la mentira de que Puigdemont dijo en algún momento, que nos saldríamos de España aun que tuviéramos que salir de Europa. Que gran verdad es aquel refrán castellano que dice, “son capaces de ver la paja del ojo de los demás y no ven la viga en el suyo” ¿cómo se puede ser tan hipócrita?
 Dónde ha estado el Estado Español cuando tenía que facilitar a las multinacionales construyendo infraestructuras que ayudaran a salir hacia Europa. Dónde estaba cuando tenía que construir vías de entrada y salida del puerto de Barcelona, propiedad del Estado Español. Dónde estaba cuando desmantelaba el aeropuerto de Barcelona dejándolo sin vuelos trasatlánticos, para hacer el gran aeropuerto de Madrid. Dónde estaba el Estado Español cuando en vez de potenciar el “Corredor Mediterráneo”   gastaba los fondos europeos destinados a ese proyecto, en construir su corredor Madriterráneo.
Sigamos con esa política, sigamos haciendo las inversiones de infraestructuras  radiales, que cierran España en sí mismo y lo que estamos lamentando hoy, se repetirá como ha pasado a lo largo de la historia de España.


Santiago y Cierra España


Paco Martinez

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MIQUEL ICETA VERSUS DON MIGUEL

Las personas no somos receptoras de la cortesía y el respeto de los demás simplemente por ser personas. La cortesía es un movimiento de ida y vuelta, y el respeto se gana a través de nuestros actos.

Imagino, señor Iceta, que le hacía mucha ilu ser senador de las españas y que le llamaran Don Miguel. Si así fuera su ego subiría tanto como, seguramente, su hacienda. Pero hay un refrán muy sabio que dice que donde las dan las toman, así que le seguirán llamando Miquel, a secas.

Ahora que tanto le interesa a usted que el Parlament de Catalunya le vote, resulta que los ciudadanos con dos dedos de frente, nos acordamos de que usted, según dijo, el día 1 de Octubre de 2017 fué a comerse una paella mientras le partían la cadera a una señora mayor, le sacaban un ojo a otro ciudadano, y otro tuvo una parada cardio-respiratoria porque un poli de esos que estaban acojonados, le propinó una patada en los testículos, y así sucesivamente hasta llegar a un total de más de mil personas heridas de mayor o menor consideración.

Nos acordamos también de su foto con Albiol y Arrimadas denunciando nosequé ante el TC, de la foto donde, junto con la señora Arrimadas también, se reía usted de Turull, en el intervalo que lo dejaron libre de la cárcel, de la foto en la españolísima manifestación, con los señores Millo, Albiol y demás especímenes fascistas.

Tenemos aún en nuestras retinas la imagen del Parlament donde se aplaudió a los familiares de los presos políticos, mientras usted permanecía de espaldas y sentado, sin contar con que fué su partido quien firmó, también, el 155.

Señor Iceta, hay algo que se llama dignidad, y por dignidad, no se le ha votado. Usted no se merece, por parte de los catalanes, ningún gesto de cortesía. ¿Dónde está la cortesía de ustedes, que permiten que esté encarcelada gente inocente, que se les expolie sus bienes, o que se esté realizando un juicio que más que juicio parece el club de la comedia? Porque la represión sobre mi pueblo y nuestros dirigentes no ha cesado aún.

Señor Iceta, para ganarse el respeto de los ciudadanos y la cortesía de éstos, es necesario hacer algo más que bailar la conga en los actos electorales.

“Ho sento, però algú ho havia de dir”.

Catalina Valverde
16/05/2019

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LA SOLEDAD DEL PRESIDENT

Cuando desde dentro del procés se habla de derechas e izquierdas, ya sea de parte de simpatizantes o militantes, creo que se está llevando el tema a un terreno que no es el correcto.

Las personas, ya sean políticas o votantes solamente, han de tener muy claro que en nuestro procés de independencia no hay (o no debe haber) ni derechas ni izquierdas. Existe un enemigo común del que nos debemos proteger y alejar y por eso hemos de unir nuestras fuerzas, no separarlas en función de una supuesta ideología que no siempre responde a las siglas que representa. ¿Es el PSOE de izquierdas, después del cepillado del Estatut, o del consejo del señor Guerra animando a pactar con C’s? ¿Es Puigdemont de derechas, el hijo de un pastelero y periodista de profesión? ¿Verdad que no tiene nada que ver lo uno con lo otro?

Anoche, tenía muchas ganas de oír al President, en el programa FAQS, y me dejó un regusto amargo. Lo vi bajo de tono, cansado, y aguantando el tipo a las preguntas malintencionadas bajo mi punto de vista, de la presentadora del programa. Es más que probable que ésta se sienta obligada, dado que el 155 no ha desaparecido de Catalunya, digan lo que digan, y mucho menos de TV3.

El President, a mis ojos, es el Sant Jordi que lucha contra el dragón. Es una batalla descomunal: un solo hombre contra todo un Estado podrido y cobarde. Y no es solo eso: sus compañeros de camino están encarcelados, con lo cual es él, el President, el lobo solitario, quien ha de hacer visible el movimiento indepe. Me gustaría conocer sus dudas, sus temores, su situación económica y poder hacerle llegar una fortaleza que le va a hacer mucha falta durante todo el tiempo que nos queda de caminar hacia nuestro objetivo.

Creo, de verdad, que la mejor forma de ayudarle es mantenernos todos unidos, votemos a las siglas que votemos. Su exilio es el producto de un querer cumplir un mandamiento de todos nosotros, los que le votamos, aquellos que estuvimos el 1-O defendiendo urnas.

Hay una parte de nuestros líderes que están encarcelados, no hay que olvidarlo, no, pero están atados de pies y manos y poco o nada pueden hacer desde la cárcel. El President Puigdemont está exiliado, con una libertad seguramente “muy vigilada”, pero precisamente, por gozar de esa “libertad” está, o se siente, obligado a hacer ruido, a hacernos visibles al mundo. Y por eso es el enemigo número uno del Estado español, la persona que más incomoda tanto en España como en Europa. A España, porque pone en evidencia una falta de democracia galopante, y en Europa porque resulta (o resultamos) ser un problema añadido a los que ya pueda tener.

Unámonos todos, por favor.

Endavant President, i moltes gràcies!

Catalina Valverde
5/5/2019

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Las Sentencias del Estado Español

Si La sentencia sobre el Nuevo Estatuto (2010),  de un Constitucional que era cualquier cosa menos un órgano jurisdiccional e independiente, supuso sin duda, un punto sin retorno sobre el convencimiento de la mayoría del pueblo catalán a derivar hacia la consecución de un Estado Propio. Que puede suponer una sentencia, una sentencia de culpabilidad dictada por un Supremo no menos politizado que el Constitucional, un Tribunal Supremo que Ignacio Cosido Senador del PP dice controlar desde detrás.   

Perseguir la victoria total y la humillación de todo un pueblo puede acabar girándose en contra como se ha demostrado en muchísimas ocasiones y de ello España tiene infinitas experiencias con las pérdidas de sus Colonias.

El auge independentista.

Se equivocan quienes creen que el auge independentista es debido a un cambio de posición del mayor partido de la derecha, o de una iluminación divina de los sucesivos presidentes de la Generalitat, atribuyéndoles  de forma peyorativa una visión mesiánica del futuro de Cataluña.

Nada más lejos de la realidad, nos encontramos frente  un movimiento de más de dos millones de ciudadanos que a pesar de la represión constante del Estado, ha perdido el miedo, promoviendo desde  abajo una revolución pacífica, fruto de su decepción por el bloqueo autonómico, debido a su falta de financiación, humillación, incomprensión, deslealtad institucional, falta de respeto a las leyes del Parlament y al marco de convivencia dentro del Estado Español. Esta falta de financiación supone un mayor endeudamiento  con el propio Estado, que a su vez no nos financia según lo pactado, (léase la cláusula adicional tercera del Estatut), además del expolio económico que anualmente sufren los ciudadanos de Cataluña por ley.

En definitiva una situación de ahogo económico intencionado.

Así pues nos enfrentamos a una sentencia  sobre un relato creado para ejecutar una venganza, ante un nacionalismo que no puede consentir que se cuestione la indivisibilidad de la patria, dicho con otras palabras más claras. La unidad de la patria está por encima de la verdad.

Todo ello preparado para que nuestra respuesta pacifica ante tamaña injusticia, poder crear otro relato de rebelión semejante al del juicio y proceder a realizar su sueño hostil y centralizador sobre Catalunya, de  nuevo el Decreto de Nueva Planta, de Felipe V a Felipe VI a pesar del paso del tiempo se repite la misma historia, el problema catalán es una anomalía para el nacionalismo Español

Por todo ello debemos reaccionar.

Los ciudadanos de Cataluña deseamos un país normal como cualquier otro, y queremos vivir en un estado que  defienda nuestros intereses, con capacidad de elaborar nuestras propias leyes, gestionar nuestros recursos, sus infraestructuras y todos sus servicios, y poder tratarnos de igual a igual con los otros países del mundo.

Sí no somos capaces de conseguir las herramientas que nos daría un nuevo Estado catalán, para enfrentarnos a los retos de globalización de este siglo XXI, las generaciones futuras nos juzgaran.  

Si en este momento histórico, en el que tenemos la oportunidad de conseguir la independencia, lo dejáramos pasar por miedo, nuestros propios hijos y nietos no nos lo perdonaran.

Paco Martínez. Ex Secretari Nacional de la ANC. Grupo de trabajo de Jubilats por la Republica y Miembro de Súmate.

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Los zapatos de Carmen

A continuación les presentamos este maravilloso relato escrito por Alba Llobet Estévez con el título “Los zapatos de Carmen” que quedó galardonado como 1r premio en la primera edición del certamen literario de Sumate 2018. Disfrútenlo;

Los zapatos de Carmen

– Ponte los zapatos, niña, que ya hemos llegado.

– No quiero. Me duelen. Y deja de llamarme niña, que tengo 15 años.

– Carmen, no seas chiquilla y ponte los zapatos. Y te llamaré niña hasta que me muera, que soy tu madre. ¡Paco, dile a tu hermana que se ponga los zapatos!

– ¡Que vaya descalza!

– Pero como va a ir descalza la niña, aquí en Barcelona. ¿Tú te crees?

-¡Qué va a pensar la gente!

– ¡Pero qué gente, mama, si aquí no nos conoce nadie!

Carmen se pone los zapatos a regañadientes. Aun no sabe que con ellos va a recorrer una ciudad desconocida, en ocasiones enorme, repleta de caras nuevas con semejanzas ajenas y rasgos exóticos mezclados con dulzura. Desconoce todavía que en un futuro muy cercano a ella, con su mirada descarada y curiosa, va a pasar a formar parte del mosaico humano de la ciudad y va a contribuir al proceso de transformación apresurada del entramado de calles del barrio.

– ¡No hagas tanto ruido!

– Son los zapatos. Ya te dije que no los quería.

– ¡Que van a ser los zapatos! Es este suelo tan oscuro que parece yo que se…

– ¡Un rompecabezas! – exclama Carmen emocionada mientras salta por los adoquines como quien juega en el patio de una escuela.

– Que te calles, chiquilla. ¡¿No ves que vas a despertar a todos?!

– ¡Pero que todos si casi no hay nadie! ¿Donde están todos? ¿Es que no vive nadie en esta ciudad?

Dolores alza la vista y, en un instante, se da cuenta que con el cansancio del viaje aun no había visto que ya ha oscurecido y la ciudad no se asemeja en nada al pueblo. Recuerda con cierta pesadumbre el alboroto que arman los vecinos en las noches de verano, y los malos ratos para conciliar el sueño. Que calma se respira acá: parece que las calles se han abierto para recibirlos; todo es más ancho y más solitario.

– ¡Manuel, ya estamos aquí!

– ¡Madre! ¡Qué alegría!

– Que viaje tan largo. Pensaba que no se terminaba nunca. ¡Qué alegría, mi niño, de verte otra vez!

– Y padre, ¿no ha venido?

– Vendrá la semana que viene. Tenía que terminar la vendimia.

Madre y Manuel se funden en un abrazo. Parece que no haya pasado el tiempo y sin embargo han pasado años desde que nos comunicó que dejaba el seminario. No se atrevió a hablar directamente con papá y creyendo que en mamá encontraría un alma menos severa le soltó la decisión sin más. Ella, devota en acorde a los cánones de su tiempo, aceptó con resignación lo que en aquel entonces era una humillación familiar y comprendió muy a su pesar que no volvería a abrazar a su hijo en mucho tiempo.

Yo, desde ese momento, vivía a la espera de noticias de mi hermano venidas de cualquier parte de Europa: viajaba, conocía mundo, otros lenguajes, caras nuevas, sitios desconocidos. Terminaba la escuela con la emoción de llegar a casa y encontrar una postal de Viena, Roma o París, en las que me describía mujeres con minifalda que compraban perfumes atrevidos. A veces me mandaba muestras de ellos en un pequeño sobre y yo los escondía de papá porqué sabía que seguía disgustado con su hijo mayor. Cuando las compartía con mamá ella se transformaba en una mujer risueña y soñadora hasta que llegaba papá y me obligaba a esconderlas. Padre casi ni se daba cuenta: pasaba pocas horas en casa, siempre atareado en las fincas. Al llegar a casa después de su jornada, entraba en la cocina de manera fugaz, besaba perezosamente a mamá y manoseaba mi pelo con aspereza. Yo me escurría veloz con el temor de que mis fragancias Chanel fueran descubiertas y metía la cabeza en la almohada, junto a ellas.

La alegría de verse les alivia el cansancio del viaje. Carmen tiene ganas de preguntarle a Manuel cuando irán a esas perfumerías de las que le hablaba en las cartas, pero enseguida una brisa veraniega juguetea con su piel y cae en un sueño placentero.

– Venga, chiquilla, date prisa que hoy os voy a enseñar la ciudad.

– ¿Manuel, vamos a ver perfumerías?

– Claro, Carmen. ¡Las que quieras!

Carmen está emocionada. Por fin va a ver esas perfumerías tan elegantes. Tiene unas ganas tremendas de entrar en una de ellas y coger muestras pero, sin embargo, se entretiene mirando las calles, los edificios, las plazas, la gente que las habitan, las palomas que corretean, el señor que les echa migas de pan. Paco y madre curiosean en la vida ajetreada de los comerciantes, el vaivén de las calles, el ritual apaciguado de la compra de víveres en que descubren acentos distintos, palabras desconocidas.

Entran en una tienda y luego, por fin, en esos inmensos almacenes repletos de perfumerías: Carmen está maravillada, su mirada no alcanza a digerir la algazara de colores, olores y sensaciones que se abre ante ella. Ha sido un día completo, lleno de novedades, y de vuelta a casa se entretiene jugando con los adoquines y esos zapatos que cada vez duelen menos. Distraída y ajena a la mirada de su madre, entra en una especie de taberna: hay algo que le resulta familiar, percibe una decadencia indefinida que ha visto en alguna parte, un ambiente desaliñado y sombrío. Paco la sacude y la saca del bar.

– ¡No se te ocurra volver a entrar en un sitio así, chiquilla!

– ¡Estaba papa! ¡Lo he olido!

– ¡No digas tonterías, tu padre está vendimiando!

De vuelta a casa de Manuel, cayendo la noche, en del autobús Pegaso de la línea 7, la Barcelona de tiendas y fragancias refinadas se desvanece. La vida y el bullicio de las calles distinguidas de la zona norte que queda por encima de la avenida del Generalísimo contrastan con la permanente penumbra que envuelve el barrio Gótico, de apestados rincones e inhóspitas callejuelas. Aquí se mezclan el sudor y la honradez de familias trabajadoras y la otra Barcelona: la de quinquis y maleantes, prostitutas y carteristas.

Llegan a casa de Manuel y mientras madre prepara la comida suena el teléfono. Es tía Ángeles: querrá saber cómo ha ido el reencuentro con Manuel. Carmen quiere hablar con ella i explicarle todo lo que ha visto pero madre no le da oportunidad alguna y cuelga el teléfono. Su repentina palidez denota que algo extraordinario ha sucedido. Aun no sabe como lo va a contar a sus hijos, a sus niños, que ya no son tan críos. Madre se sienta, parece que ha envejecido un siglo, respira profundamente y habla con la mirada perdida. Tía le acaba de comunicar que padre perdió las fincas ayer por la noche en la taberna del pueblo. Se lo ha jugado todo: hasta la casa, con las almohadas perfumadas.

– Paco, mañana vas a tener que ir a ese taller que has visto que buscaban oficiales de segunda. Carmen, tu irás a la perfumería a ofrecerte de aprendiz y yo… yo iré al colegio donde trabaja Manuel a ver si tienen algún trabajo para mí. Te voy a comprar zapatos nuevos, Carmen, con esos no podrás pasar el invierno.

Autora: Alba Llobet Estévez

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EMIGRACIÓN A BARCELONA de UNA FAMILIA ANDALUZA

A continuación les presentamos este maravilloso relato escrito por Maria Navarrete Cano con el título «Emigración a Barcelona de una familia andaluza» que quedó galardonado como finalista en la primera edición del certamen literario de Sumate 2018. Disfrútenlo;

EMIGRACIÓN A BARCELONA de UNA FAMILIA ANDALUZA

Somos un núcleo familiar compuesto por padre, madre y cuatro hijos, que llegamos a Barcelona en el año 1958 procedentes de Úbeda (Jaén), donde quedó el resto de familiares. La causa fue la pérdida del trabajo de mi padre sin posibilidad de otro para poder subsistir.

Habían transcurrido dieciocho años desde el final de la Guerra Civil. Andalucía, empobrecida por la postguerra y secuestrada por terratenientes sin visión ni planes de futuro. Incapaces de construir sobre lo demolido, crear nuevos proyectos de trabajo ni riqueza, sin intención de mantener lo que ya funcionaba y propiciando la corrupción.

Fábricas y talleres desaparecían zanjando cualquier atisbo de recuperación y ni siquiera el mayor de los recursos de la región, los olivares, podía asegurar el aumento de bienestar de sus habitantes, obligando a miles de trabajadores a abandonar la tierra de sus antepasados.

Así, la pobreza se instalaba en muchas poblaciones rurales andaluzas con la consecuencia de hambre, desnutrición, enfermedades, muertes prematuras en la infancia, miedo, alcoholismo, una alta tasa de analfabetismo en adultos y niños sin escuelas, viviendas insalubres sin sanitarios y un gran desconocimiento de derechos, dando lugar a enormes injusticias.

La mujer, dominada por una sociedad paternalista, machista, y por dogmas
religiosos de una Iglesia al servicio del poder, padecía situaciones de abuso y las palizas en el reducido espacio familiar eran tan frecuentes que nadie se atrevía a denunciar ni a plantar cara a los agresores. Pues era uno de los pocos derechos que a la población se le consentía, la de que el padre de familia ostentara el dominio sobre esposa, hijos e hijas.

Así funcionaba aquella sociedad bajo los valores y directrices de una dictadura.

Mi padre, Manuel y mi hermano mayor, Manolo, con diecisiete años, emigraron a Barcelona para conseguir trabajo, dinero, casa y poder reunir al resto de la familia, a mi madre, a mis dos hermanos y a mí. Papá llegó a la gran ciudad con el dolor de dejar atrás su familia, su tierra, atisbando los cincuenta años. Con el temor natural a lo desconocido, pero con la mente abierta a nuevos retos, acicate para resolver la responsabilidad que dejaba atrás. Se instalaron en una de las baratas pensiones que se encontraban en la zona más antigua, vieja y degradada de Barcelona, llamada entonces el Barrio Chino.

Esta gran ciudad crecía de forma descontrolada, el aluvión de emigrantes que diariamente recibía, forzaba la construcción de viviendas baratas en el extrarradio, de baja calidad y deficientes servicios. Pero era la única alternativa para los recién llegados y era mucho más que lo que en sus tierras de origen podían aspirar.

Mi padre, que había aprendido en el pueblo el oficio de albañil enseguida empezó a trabajar en una empresa de construcción en la parte alta de la calle Muntaner. Y mi hermano tuvo la oportunidad de acceder a un taller de mecánica, adecuado a la formación que ya había realizado en el pueblo. Poco tiempo después dejaron atrás las deficientes condiciones de la pensión, para pasar a una habitación realquilada en una vivienda particular, llamada en aquellos años «vivir de mestressa», que incluía el lavado de la ropa y otros servicios de tipo doméstico. Comenzaron a ver el futuro con optimismo, a pesar de que el trabajo era duro y la jornada, larga.

Hasta que un día llegó una carta de papá diciendo que ya había conseguido el traspaso de una casa para que nos pudiéramos reunir de nuevo, toda la familia, en Barcelona.

Y el 28 de setiembre del año 1958, emprendimos la que sería la marcha definitiva hacia nuestro nuevo destino. De Úbeda viajamos a la estación de tren de Baeza. El apeadero semejaba un gran mercadillo, repleto de bultos y enseres de todo tipo. Mujeres de todas las edades con niños en los brazos; hombres enjutos, de caras arrugadas y acartonadas por el sol; niños, jóvenes y adolescentes inquietos; ancianos de cuerpos doblados bajo las
camisas de popelín desgastado y confección doméstica. Gente sentada sobre maletas de cartón forradas en telas de tristes cuadros marrones, grises, negros y fuertemente sujetas con cuerdas para no reventar. Jaulas de madera y alambre repletas de aves de corral, pájaros y conejos, sofocados por el calor y la falta de espacio para moverse. El tren, como temeroso de la carga que se le avecinaba y que ya venía medio lleno procedente de Sevilla,
por eso le llamaban “el Sevillano”, se resistía a llegar, aumentando el nerviosismo característico de todo aquel que comienza un viaje hacia lugares desconocidos, exentos del idílico placer de unas vacaciones. La mayoría de los viajeros, acostumbrados a recibir poco, asumían su destino con resignación, eran hijos de una tierra que no les pertenecía a pesar
de haberla trabajado a cambio de sueldos exiguos y horarios de sol a sol sin días festivos. Ahora eran expulsados de lo que podría haber sido un lugar en constante crecimiento, de no ser por la codicia de unos pocos señoritos que ni siquiera la tenían en cuenta, afincados lejos de aquella realidad, en la capital de España.

Muchos partían sin sus mujeres, hijos ni familiares con la incertidumbre de no saber cuando sería el reencuentro. Y por sus mentes circulaban imágenes de historias escuchadas y pasadas de boca en boca por los que, tiempo atrás, hicieron el mismo camino y habían vuelto para explicarlas. Realidades de conocidos o desconocidos, muchas de ellas contadas a través de cartas entre familiares y amigos, con ortografía rozando el analfabetismo heredado de generaciones carentes de escuelas y maestros.

Ahora el día a día era su gran preocupación y explorar lo desconocido, su única expectativa. Entre los más jóvenes, a los que aún no les había sido arrebatada la ilusión y la alegría, se podían escuchar cómo emprendían la aventura entre risas y canciones. El tren se aproximaba y había que juntar a los niños y recoger todo el equipaje. Una vez visualizados los asientos numerados, toda una odisea, se aposentaron en los duros bancos de madera de tercera clase, que serían una auténtica tortura durante el largo trayecto, no menor de veinticuatro horas porque había que contar con retrasos y paradas especiales. Como la tan popular en Albacete, con tiempo suficiente para permitir bajar del tren y comprar los cuchillos y las tijeras, que tenían fama de gran calidad.

Pepito, mi hermano pequeño y yo, para ahorrar, no teníamos billete ni asiento, acomodándonos entre los huecos que nos dejaban, a ratos sentados sobre la falda de mi madre o hermana, adormilados y apretujados. Después de varias horas de acaloramiento, a mi hermano, de 5 años, no se le ocurrió otra cosa que la de abrir una de las jaulas que encontró por el pasillo y los animales revoloteaban despavoridos a la vez que gritos y manos abiertas corrían por atraparlos, con lo que se mereció una gran regañina y algún bofetón. Puertas y pasillos colapsados, echados en el suelo, dormitando, dificultaban el acceso a los retretes, por eso su bien ganada fama de tren “borreguero”. La noche llegó con esas interminables horas que parecen doblar a las del día. Hasta que, por fin, la fresca madrugada les resucitó aliviando la temperatura corporal y el sopor mental. Y otra parada providencial al borde de algún campo de frutales y verduras aliviaba el aburrimiento de los que osaban saltar a tierra para arrasar con todo lo comestible que encontraban a su alcance y el de los que observaban y animaban desde el tren para recibir alguna pieza sabrosa que degustar.

Con el característico acento del sur, los hombres desgranaban uno tras otro, imparables, los chascarrillos de moda del momento. Se aproximaban las siete de la tarde cuando voces alteradas anunciaron la entrada en la estación de Francia. Todos deseaban asomarse por las ventanillas, los nervios aceleraban las idas y venidas, los empujones y las patadas, las
quejas y las muestras de alegría se entremezclaban. Mi madre intentaba encontrar a papá mirando inquieta por un resquicio de una de las ventanillas. —¡Manolo, estamos aquí!—, y vio a mamá que agitaba las manos. Los abrazos y los besos desbordaron las fuertes emociones aplazadas durante largo tiempo.

Yo me había olvidado de cómo era mi padre, desconfiaba de todo el mundo, y me escondía tras mi hermana ante sus muestras de cariño. Poco a poco sentí tranquilidad y seguridad a
su lado y felicidad de volver a verle. Salimos a la calle y ya anochecía. Un tranvía nos llevaría a nuestra nueva vivienda y desde la ventana observaba, asombrada, los luminosos escaparates, fachadas engalanadas con anuncios publicitarios de brillantes colores, con un parpadeo incesante. Aunque lenta la marcha del pesado vagón de hierro, no me daba tiempo a leer todos los anuncios que cruzaban veloces ante mis maravillados ojos.

LLEGADA AL BARRIO DE LLEFIÀ, EN BADALONA

Mi padre había dado el dinero de la venta de la casa de Úbeda, como traspaso, en una casa de una sola planta emplazada en el corto pasaje de Lourdes, en el barrio de Sant Antoni de Llefià, en Badalona. Llegamos ya entrada la noche, la calle desierta, con luz amarillenta y lúgubre. La vivienda no disponía aún de luz eléctrica y cenamos con velas pan y mortadela, que papá nos ofreció como algo exquisito. Agotados por las emociones, las largas horas y enormes incomodidades del viaje, nos fuimos a dormir. El día siguiente amaneció radiante de sol, la casa se iluminó y cobró un aspecto casi acogedor. La vecindad se fue despertando y, a las pocas horas, ya sabían que unos nuevos vecinos se habían instalado en el barrio. Impulsados por la curiosidad y por el espíritu de solidaridad que une a los que se encuentran lejos de su tierra, algunos se acercaron a recibirnos y a ofrecerse para lo que necesitáramos. Pepito y yo, por nuestra corta edad, nos integramos enseguida en la nueva vecindad y pronto olvidamos lo que habíamos dejado atrás. El barrio estaba configurado por cuatro calles principales, cruzadas por algunas callejuelas y pasajes de tierra. Había campos extensos de maíz, de trigo, lecherías donde comprar la
leche directamente de las vacas y bòbiles, espacios abiertos donde fabricaban ladrillos de tierra.

A pocos días de llegar, mamá nos buscó una escuela. Los colegios públicos eran escasos, de una enseñanza de baja calidad. Mis padres, que valoraban mucho unos estudios en aquellos tiempos de tan alto nivel de analfabetismo, hicieron un gran esfuerzo económico para matricularnos a Pepito y a mí en la Academia privada del Carmen, donde algunos de los vecinos llevaban a sus hijos y de la que hablaban muy bien. Situada en el pueblo de al lado, Sant Adrià del Besòs, a ella asistían niños y niñas de la clase media alta de St Adrià. En poco tiempo se creó una sintonía y aceptación absoluta con los que llegamos, facilitando así nuestra integración en su cultura. Los que vivíamos en el barrio de Llefià, andábamos una media hora desde nuestra casa a la escuela y nos íbamos encontrando por los solitarios campos. Yo temía aquel largo camino por los peligros, que decían, acechaban.
Pero me di cuenta de que uno de los niños de mi edad que vivía frente a mi casa, de origen murciano, procuraba encontrarse conmigo, y desde entonces, me sentí segura y protegida por su compañía, acabando en enamoramiento y noviazgo de los 8 a los 12 años. En primavera y otoño llovía con frecuencia y las calles del barrio, la mayoría de tierra, se convertían en torrentes que formaban charcos como lagos que aprovechábamos para chapotear y jugar. El invierno era muy frío y helaba a menudo. Se nos cortaba la piel, nos salían grietas en los nudillos de las manos y sabañones en los dedos de los pies y en las orejas. El frío dejaba las calles desiertas y la radio en los hogares, fue la mejor compañía. A causa de la epidemia de la poliomielitis, algunos niños quedaron paralíticos, como el hijo del barbero y Satu, una joven adolescente que miraba los acontecimientos del pasaje a través de la ventana de su habitación. Pasábamos muchas horas en la calle, con pocos juguetes y mucha imaginación, mientras padres y hermanos mayores estaban muy
ocupados, pero tranquilos por la seguridad de un barrio sin tráfico y gente conocida que podían atendernos en caso de necesitarlo. Y de la mano de una chica del pasaje empezamos a disfrutar de salidas, iniciándonos en la práctica del excursionismo, tan arraigado en Catalunya.

En el mes de Junio se inauguró la fiesta mayor del barrio y las dos calles principales, la de Lourdes y la de Europa, se vistieron de color y música, con papelillos, orquesta y baile. Llegaron las primeras vacaciones del colegio y me enviaron a pasar un mes con una de mis tías en Úbeda, con la que había tenido poco roce. No te preguntaban, te decían te vas a ir con este familiar que viaja al pueblo y allí te quedabas sin protestar y sin ver a tus padres ni
hermanos hasta que volvías. Estuve muy bien en su casa, pero yo ya me sentía un poco fuera de lugar cuando no conseguía establecer una relación con otras niñas de mi edad, similar a las que ya tenía en mi barrio barcelonés, me miraban desconfiadas y recelosas. Mi madre, más de ciudad que de pueblo, porque pasó su infancia en Francia, recorría Barcelona investigando las numerosas ofertas de trabajo para todos aquellos familiares de primer y segundo grado que llenaron nuestra reducida vivienda los tres primeros años. Un taller de costura para que mi hermana, de 14 años, aprendiera el oficio de modista y enseguida le encontró un empleo muy bueno en Casa Vilardell a prima Conchi, que ya había obtenido en Úbeda el Certificado de Corte y Confección.

Las amigas catalanas, por la represión de su lengua, sólo nos hablaban en castellano. Pero en nuestros juegos, las canciones en catalán pasaban raudas de boca en boca, sin sospechar que rescatábamos el anhelo de expresión de un pueblo, burlando así a la censura.

Pasados 3 años, mis padres compraron un piso nuevo en un gran bloque, en St. Adrià, compartiendo vecindario procedente de toda la península. Al enfermar mi padre, mi madre nos buscó trabajo, a mi hermano con 12 años y a mí con 15 y tuve que dejar los estudios. De derechos y política no sabíamos nada por la dictadura que dirigía todo, pero con las inacabables ofertas laborales de la década de los 60 y 70 pudimos acceder a un mejor
futuro que el de nuestros antepasados.

Llegada la Democracia, me inscribí en las clases de catalán que ofrecían en los colegios públicos de nuestros hijos y así fue como, finalmente, me sentí totalmente integrada en esta tierra que tan bien nos acogió. Y aunque fue dura la emigración por las pérdidas que conlleva, pudimos alejarnos de la pobreza que se nos presentaba como única opción en nuestros pueblos de origen, afectados por una parálisis estructural sin posibilidad de desarrollo alguno.

Autora: Maria Navarrete Cano

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Rebelde

Compartimos con vosotros este bonito relato de Andrea, que fue galardonado con la mención de honor en la Primera edición del Certamen Literario de Sumate 2018.

Autora: Andrea Comajuncosas Silva

Rebelde

“Nos vamos a Barcelona”, dijo mi padre. Recogimos nuestros bártulos y dejamos atrás un paisaje conocido, un acento lleno de eses y zetas, de palabras a medio decí o medio desí… Nos alejábamos de una tierra que trabajamos como bestias, de unas costumbres, de una casa sin luz ni agua pero con pan caliente cada día (¡o cada dos!)… Mi infancia duró poco, con diez años me enviaron a Málaga a cuidar niños y con quince estaba sirviendo casas. Apartada de mi casa y mi familia: eso no tiene ni nombre ni sentío. Somos siete hermanas y un hermano. Sólo él fue a la escuela. Mi padre nos enseñó a leer y escribir a las niñas, a la luz de la lumbre, durante las tardes de invierno. Qué palabra tan bonita, lumbre. Y qué injusto no poder ir al colegio. Y tú has ido a la universidad, ¿te imaginas? Un día me leíste un verso que me encantó, y me lo apunté en la libreta de las cosas importantes, escribiendo poco a poco y fijándome mucho para no dejarme ná, ni un punto ni una coma ni un asento, qué corahe loh asentos! Te lo leo:

«A l’atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona,
de classe baixa y nació oprimida.
I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel.»

Pues yo cumplo los tres requisitos. Los tres bien cumplidos. Porque mi tierra también está oprimida: la de nacimiento y la de acogida. La de raíz y la de esqueje. La de mis padres y la de mis hijos y nietos. La del principio y la del final. Mis dos tierras. Tiene narices la cosa.

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Osti, la mama! Encara guarda aquella llibreta que li van regalar al papa en un lot de Nadal. No sé pas què hi deu escriure, allà. Avui està contenta, la tarda és per nosaltres dues, mirant aparadors i comprant coses per Barcelona. Mirarà coses per al Martí i el Jan: els nets primer, sempre. Alguna cosa per al Santi i per a mi, després. Som els seus fills, tu! I ja de tornada cap a l’estació de tren, alguna cosa per ella. Ella sempre l’última. El tros una mica sec del pastís. La cadira de la punta.

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Los recuerdos de mi casa están llenos de risas y de colores. Y también de algunos silencios. Vaya, como en todas las casas. Teníamos poco, pero nos teníamos a nosotros. Cuando el día era largo, la jornada en el campo también se alargaba mucho. Mil juegos inventados, canciones y chascarrillos nos acompañaban por las vereas, salpicás de asebuches. Cuando alguna se despistaba un poco, mi hermana mayor chillaba: “que vienen los tíos mantequeros!”. Corríamos como balas hasta casa, llenas de polvo y despeinás. Un poco asustadas pero felices de estar bien.

Un día me preguntaste como era vivir en el campo. Y pensando, me vino a la cabeza un momento de aquellos mágicos que se clavan en la memoria y en el pecho. Era verano, y en el cielo no se veía ni una nube. Anochecía y se oían las cigarras cantar muy fuerte. Era tiempo de siega, y en la era había una montaña de paja recién recogida. Y encima, una tela. Nos encaramamos mis hermanos y yo y nos estiramos en aquel colchón mullidito. La paja crujía por nuestro peso y nuestros movimientos. Yo me balanceaba un poco, con mucho cuidado, para oír el cric-crac de la paja. Mi padre nos vio y se sentó a nuestro lado, en un taburete que cojeaba un poco. Él sabía leer el cielo y las estrellas. Nos empezó a explicar con su voz cansada nombres de estrellas que ya no recuerdo. Cric-crac, cric-crac. Historias antiguas, casi susurradas. Cric-crac, cric-crac. Levantó el brazo y señaló la Vía Láctea. “¿Veis aquellas estrellas que brillan allí? Es el caminito de Santiago”. Y entonces vi una estrella fugaz. Solo la vi yo, brillando muy fuerte. Cric-crac, cric-crac. Sentí que no podía ser más feliz.

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Estic una mica atabalada, quina xerrera que té! Fa una estona que no miro el mòbil, potser estic una mica enganxada al mòbil? Què diuen al grup de whatsapp de l’escola? Nota mental: sortir pitant dels grups de pares i mares i que hi entri el Jordi. Que a mi m’explotarà el cap. Mira, millor li envio un whats al Jordi, perquè a mi les notes mentals fa temps que no em funcionen! I mentrestant, mira-la ella… Que si quan era petita això, que si una nit d’estiu i les estrelles, que si uns asebuches… Què carai són els asebuches? Entro a google, veig que s’escriu amb “c”, dos segons d’espera i ja ho tinc: olivera silvestre. Tot aquest món per mi és tan desconegut… massa i tot. Faré 40 anys i no he trepitjat mai Andalusia. Allò que fa molta gent de passar uns dies de vacances “en el pueblo”… a casa no ho hem fet mai. M’encantaria que m’ensenyés on va viure, que m’ho expliqués amb les seves paraules, veure el Torcal, que diu que té un aire a Montserrat… Algun dia ho farem! Anirem al camp, em descalçaré i amb els peus nus escoltaré les seves històries i records, i connectaré amb un passat que no és el meu però que és part de mi.

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En aquellos tiempos había muchos privilegios, mucha camisa almidonada, mucho señorito andaluz… Y mucha necesidad. Y mucha desigualdad. Y para cambiar ese destino ya escrito hicimos lo que tantos. Las maletas.
Dejé mi tierra de un portazo y no eché la vista atrás. Me alejaba de Andalucía, de Málaga, de Villanueva de la Concepción, del campo, del chaparro que todavía hoy da bellotas y buena sombra. Tenía 22 años. El 11 de noviembre del 1966 llegábamos mis padres y cinco hermanas a Barcelona. En mi cabeza sólo había ese punto de destino: Barcelona. Nadie hablaba de Catalunya, ni sospeché que aquí se hablara catalán. Llegamos un sábado y el jueves siguiente ya estábamos trabajando mis cinco hermanas y yo en una fábrica textil de Vilafranca del Penedès. Que por qué no hablo catalán? Cucha, que con los nietos sí que hablo catalán, a mi manera, pero es que soy muy vergonzosa y mira… La verdad es que no me ha hecho falta. Te estaba diciendo… La fábrica era la Madofa. Mis compañeras hablaban catalán, por supuesto! Y yo intentaba entenderlas, pero sobre todo al principio de tanta concentración se me quedaba la cabeza apretá! Un día, la Montse, una compañera muy salá, me dijo una frase en catalán muy lentamente para ver si la entendía. Me dijo: “avui agafaré el tren, passaré el dia a Barcelona i tornaré al vespre”. “Oyeeeee, que creo que lo he entendido todo! Hoy cogerás el tren, pasarás el día en Barcelona y volverás en una Vespa!”. Qué risa, madre mía!

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D’acord, avui no m’escolta. Ma mare no m’escolta. I té moltes ganes de parlar, està claríssim. Els records i les anècdotes es barregen i s’entortolliguen, algunes històries ja me les sé, però aquesta de la Vespa no l’havia sentida mai! Quina vida, la de ma mare. I la dels meus “abuelitos”. I la dels meus “titos” i “titas”. Quan era petita, em feia entre gràcia i vergonya saludar les meves tietes: “tita” amunt, “tita” avall… Diu que parla català amb el Martí i el Jan, i és veritat! Però de seguida canvia de tema, la molt punyetera… Crec que aquesta és una assignatura pendent per a ella. Molta gent, quan va arribar, va començar a parlar amb ella en castellà. I més de 50 anys després, encara fan el mateix. I entre la vergonya i que es va acomodar, doncs ja ho tens. Amb els seus defectes i virtuts, és una dona fantàstica. Forta. Amb empenta. Molt generosa. I que no escolta. I que fa el que li sembla, encara que no acabi d’encaixar amb el que s’espera d’ella. No sap ballar sevillanes. Ni sardanes. Amb 70 anys, li encanta pujar fotos a Instagram: “nena, ¿has visto cuántos lais tiene mi última foto?”. Fa un fricandó insuperable. Té un llaç groc penjat del balcó. No parla català. Si pogués tenir un superpoder, seria el de menjar infinitament, com disfruta amb la bona teca! Vol que Catalunya sigui independent. I ens estima per damunt de tot. Llàstima que no escolti.

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Nena, me estás escuchando? Deja el móvil un rato… Fueron tiempos fantásticos: volvíamos a vivir todos juntos, teníamos trabajo y toda la vida por delante. Nuestra llegada a Gelida fue una pequeña revolución: una familia andaluza con muchas hijas había cogido un piso al lado de la iglesia. Hacíamos lo mismo que las chicas de nuestra edad: trabajar y salir los fines de semana. Tu padre me sacó a bailar un día y allí empezó tó. Con mucha prudencia, porque me habían dicho que los chicos catalanes que iban con andaluzas no tenían buenas intenciones. Algunos amigos del papa, cuando supieron que “festejàvem” (déjame decirlo en catalán, que es precioso), se llevaron las manos a la cabeza. “Estàs boig, nano! Surts amb una de fora?”. Cómo lo diría… Entrar a formar parte de una familia catalana de toda la vida no sentó igual de bien a todo el mundo. Y no hablo de la familia del papa, sus padres, sus abuelos o su hermano… El avi, mi suegro, siempre fue muy cariñoso conmigo, el pobre hombre se esforzaba en hablarme en castellano y lo entendía menos que cuando me hablaba en catalán. Y la iaia, que desde el primer día me habló en catalán, me trató como a una hija. Pero sí que hubo gente de su entorno, una minoría, personas contadas que no lo encajaron bien, cuando nos las cruzábamos por la calle tenían la habilidad de saludarlo solo a él, de hacerme sentir diferente. Suerte que fueron muy pocos, y básicamente al principio. Es la teoría de la cebolla.

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Xarnega. Un dia, jugant a casa dels avis, va venir un veí a portar-los planter per fer les tomaqueres a l’hort. Ho recordo perfectament. Van començar a parlar de mi, que si m’assemblava a mon pare, que si tenia el seu cabell i el seu aire a l’hora de caminar. Jo vaig contestar-li alguna cosa, que els va fer riure a tots. I llavors, la frase fatídica: “aquesta nena no sembla xarnega”. No ho vaig acabar d’entendre, però no em va agradar gens. De cop, passava a tenir una nova categoria: xarnega. Ho era però no ho semblava, i això estava millor que ser-ho i semblar-ho, als seus ulls. Ara em fa gràcia i tot! Avui li diria que aquella xarnega és filòloga catalana, o sigui que com a societat ho hem fet prou bé. Li explico l’anècdota a ma mare. El món és molt petit. La mateixa persona que li va fer un lleig a l’hora de saludar-la, és la que anys més tard em deia xarnega. Són pocs però fan molt de soroll. I ara la seva neta surt amb un noi fantàstic. Equatorià. És el karma.

 

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Estaba haciendo el sofrito de los macarrones, y tenía un montón de cebollas en el mármol de la cocina. Muchas cebollas. Todas parecían iguales, pero no lo eran. Como toda la inmigración que llegó a Catalunya en los años 60. Daba igual de dónde viniéramos: éramos “gent de fora, forasters”. Pero a medida que nos iban conociendo, ya pasamos a ser “andaluces” o “castellanos”. Que tiene guasa que a mí que soy andaluza me llamen castellana, pero bueno… Y como una cebolla, que tiene muchas capas, empezaron a descubrir quién éramos y cómo éramos. Nos conocían por nuestro apellido, las Silva. Otra capa. Y después ya no hablaban de nosotros en bloque, ya fui la hija de Miguel, o la novia de Santi, o la hermana de Antonio. Otra capa. Hasta que llegaron a Andrea. Y esa soy yo.

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Així ets tu. L’altre dia vaig trobar la teva llibreta al calaix de l’entrada. Al costat de les cartes que tu i el papa us escrivíeu quan feia la mili a Sant Climent. Any 1969. Els mails i whatsapps del segle passat. Mirar la teva llibreta em fa vertigen. Una foto en blanc i negre del papa i tu molt joves i somrients, galta contra galta. Uns versos de Maria-Mercè Marçal. La recepta del fricandó. La llista d’aniversaris i sants de tota la família. El número del teu DNI, mòbil, PIN i PUK. I a l’última pàgina, una foto retallada d’una revista. La Via Làctia. El caminito de Santiago.

Así eres tú… Rebelde.

 

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¿Qué paso el 6 de Diciembre en Terrassa?

🎥 *VÍDEO RESPUESTA A LA CARGA POLICIAL DEL 6-D EN TERRASSA* 📲💻

Los días 6 y 7 de diciembre *TERRASSA* salió por todas las televisiones después de una carga policial contra una manifestación antifascista que se convocó *CONTRA LO QUE DEFIENDE VOX*.

Ninguno de los medios estatales estaba allí y dijeron cosas que nunca sucedieron.

📹Fue entonces cuando dos amigos que llevamos toda la vida viviendo en el barrio de Sant Pere Nord decidimos en calidad de ciudadanos del barrio y después de pensarlo, leer los medios y prepararlo durante días, *contaros nuestra verdad, vivida desde dentro de la manifestación* sobretodo de cara a lo que suceda el *viernes 21-D*.

📌La información es toda vuestra.

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Sensibilidad

Parece mentira que seres humanos en el año 2019 seamos tan torpes y tan vulnerables entre los ciudadanos, ya seamos catalanes , andaluces, madrileños o de donde sea, cuando los culpables de toda esta injusticia y de que trabajemos como esclavos para poder ponernos un trozo de pan en la boca, cuando ellos a los que nosotros mismos votamos ese «PAN» se lo comen en los super yates , super hoteles, super mansiones y super coches. No hay conocimiento ni se quiere, lo que hay es un egoísmo enfermizo, a ver quien se juega el poder, cuando todos estos partidos en lugar de hacer bien al pueblo y ciudadanía, lo que hacen es enfrentarnos a nosotros , y nosotros idiotas percebes caemos en su trampa como ratones a por el queso. Echemos a los malos políticos y pongamos gente sana que se preocupe por la ciudadanía y no por su propio egoísta bienestar, hasta donde vamos a aguantar a estos perturbadores de mente no política, porque por no hacer no hacen ni eso, abramos los ojos, paz en el mundo, ayudémonos los unos a los otros, no destruyamos lo que la propia naturaleza nos ha brindado , estrechemos las manos sin rencores ni miradas con recelo, y si no somos capaces de hacer un paso hacia adelante para suprimir a todo lo que de verdad no necesitamos , estamos perdidos, libertad a todo aquel que sin dañar a nadie quiera independizarse todos los países y comunidades deberían ser libres, y no voy a alargarme mas, que tengáis todos un feliz día.

Josep «Pitu»

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Tú, que enarbolas tu bandera

TÚ, QUE ENARBOLAS TU BANDERA

“Las personas nos definimos por nuestras acciones”; una frase adoptada por algunos como verdad absoluta e irrefutable. Desde mi punto de vista, habría que considerar algunos matices, pues un  mismo acto puede resultar un orgullo para sus semejantes o una sentencia para con ellos. En otras  palabras, nuestra percepción sobre el contexto, los actores y los actos de los mismos condiciona esa definición, esa reflexión que hacemos.

Estos días se ha convertido en trending topic un sketch del programa El Intermedio de La Sexta cuyo protagonista es Dani Mateo, uno de los presentadores. Para algunos, un programa de rojos-separatistas; para muchos, uno de los programas más serios que se emiten por televisión; para otros, un programa de humor. Cada uno de nosotros tenemos una percepción de la realidad distinta y, además, a cada persona le llega la información en un contexto, momento y posición concreta, que condiciona nuestra opinión sobre lo que vemos. Creía necesario comentar lo anterior porque son cosas que, por no tenerlas en cuenta o darlas por hecho, después acaban siendo las condiciones que generan malentendidos y conflictos.

Ese sketch HUMORÍSTICO ha tenido, como todo acto, unos resultados. Son muchos los que han sentido orgullo de la rojigualda (después de ser supuestamente ofendida) y han salido a defenderla en sus redes sociales, como si de una guerra se tratase, porque han percibido que este presentador no les respetaba y manchaba, literalmente y metafóricamente, su orgullo patrio: <<¡Y es que encima es español el puto “progre”!(…) ¡Y la de gente que ha muerto luchando por esa bandera, defendiendo el país donde vives, desagradecido! (…) ¡Seguro que si hubieran hecho lo mismo con una republicana o una estelada los tacharía de fascistas!>> En fin… españoles, muy españoles y mucho españoles, como diría un tal M. Rajoy.

A lo que yo me pregunto…

¿No os ofende vivir en un estado con un 30% de pobreza infantil? ¿No os ofende vivir en un país defendido por aquellos que conspiran contra sus rivales políticos, que afirman súper orgullosos, y cito literal, “nos hemos cargado su sanidad”? Quiero suponer que sí, porque ese señor hablaba  de MI sanidad, la de todas y todos que viven en Catalunya.

¿No os ofende vivir en un país del que sus jóvenes tienen que emigrar porque el trabajo que se genera es, en un 90%, temporal y sin garantías de estabilidad, lo cual genera grandes dificultades para su emancipación? (Nuestra, me incluyo) ¿No os ofende vivir en un estado en el que el 50% de sus ciudadanos no se pueden permitir ni siquiera una semana de vacaciones? ¿No os ofende vivir en un país en el que existen hasta 4 lenguas cooficiales y que la existencia de algunas de ellas sea utilizada constantemente por algunos para confrontar a la población, en lugar de contribuir a un mayor enriquecimiento cultural? Aprender las distintas lenguas que se hablan territorio nacional debería de ser lo que caracterizara a un verdadero patriota.

¿No os ofende defender con uñas y dientes un modelo de estado en el que la separación de poderes es más un ideal que una realidad? ¿No os ofende que vuestra querida patria juzgue y condene a  sus artistas por cantar, por expresarse libremente? ¿No os ofende que el jefe del estado sea jurídicamente inviolable, mientras las que sí son violadas de verdad están desprotegidas ante unos  jueces que no las creen cuando ellas denuncian? ¿Cómo se nos puede vender que todos somos iguales ante la ley, cuando parece ser que a la familia Borbón se le disculpa todo y se la juzga diferente al resto? Por si esto no fuera poco, ¿con qué confianza te amparas en el sistema judicial de tu país cuando es inviable económicamente para muchos hacer frente a las tasas para llevar a cabo las denuncias? ¿Y qué os parece que el Tribunal de Estrasburgo, o también conocido como Tribunal Europeo de Derechos Humanos (poco sospechoso de ser rojo-separatista), haya dictaminado que Arnaldo Otegi no tuvo un juicio justo? ¿Qué pensáis ahora, que nos encontramos ante un juicio inminente a cargos públicos escogidos por el pueblo catalán en base,  principalmente, a un delito de rebelión que nunca existió y que, además, lo juzgue el mismo organismo que juzgó al político vasco? ¿No os ofende que (sí, otra vez) el Tribunal Supremo, cinco días después de haber dictaminado que son los bancos quienes deben hacer el pago de un  importante impuesto sobre las hipotecas, se contradiga y cambie su dictamen en favor de los mismos bancos, perjudicando a millones de ciudadanos (haciéndonos pagar el impuesto) saltándose las leyes administrativas y procesales? Todo esto tiene un nombre: aberración judicial. Y sí, nos afecta a todas, no solo por lo que es, sino por lo que supone: un escándalo, el descrédito total de la Justicia de un estado que se hunde cual Titanic en una crisis SUPREMA de legitimidad. Si los ciudadanos no creen en su Justicia, dime: ¿sobre qué base se sostiene del estado?

Pensad una cosa: mientras algunos rajan de un periodista que saca las verdades de los poderosos en un espacio, cuanto menos, distendido, hace una semana, en la “adoctrinadora” TV3, dos presentadores de un programa de la televisión pública catalana se sonaron en una senyera (es más, tenían una caja entera de ellas) y la tiraron a una urna del 1 de octubre. No creo que les haga ser  menos catalanes ni menos independentistas, en caso de que lo sean, ni que sean menos dignos de sentirse parte de su tierra.

Como he explicado, hay cientos y cientos de motivos más dignos por los que sentirse ofendido. Tenéis la piel muy fina para cosas mucho menos importantes que otras que sí se merecen defensa de país. A mí me gustaría que lo que ofendiera a un patriota fuesen las vergüenzas que realmente nos afectan y no limpiarse en una bandera “por muy rojigualdas, por muy tricolores o por muy esteladas que sean”, parafraseando al diputado Gabriel Rufián.

Aquí aplico lo que dice un cantautor que me gusta mucho, Manuel Carrasco, en una de sus letras: “(…) Y para que quede claro, por si algunos no lo entienden. Eruditos y entendidos, que mi acento es mi ADN. Que no es ninguna bandera, que es una canción de cuna que mi madre me cantaba… bajo la luz de la luna.”

La caída libre del Estado español continua hoy con la citación ante la imputación de Dani Mateo, que tendrá que declarar ante un juez por ultraje a la bandera. Una vergüenza más, un motivo más  por el que defender la libertad de expresión y las libertades democráticas, vulneradas por el  modelo de estado actual, hijo del franquismo. ¿Hay cosas que los niños aprenden de sus padres no? Pues eso mismo.

Estem amb tú, Dani. Estem amb tú.

YouTube: Comparsa “La Playa” – Tú que enarbolas.

Manuel Carrasco – Me dijeron de pequeño.

Entre el 7 y 23 de noviembre, 2018

Alex Aranda, @alex.aranda26, @lenaufragee_