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Testimonio: «Sí al dret a decidir!»

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Nací el 15 de Junio de 1977, día de las primeras elecciones democráticas en España. Atrás quedaban más de cuarenta años de dictadura franquista y la lucha por la libertad parecía dar sus frutos, materializándose en la Transición y, con ella, la Democracia. Los presos políticos, contrarios al régimen, habían sido puestos en libertad y los delitos franquistas, a su vez, quedaron impunes con la Ley de Amnistía, en aras de la Democracia y la Paz. La vida de los españoles pasaba del blanco y negro al color en cinemascope y se alardeaba de un cierto triunfalismo demócrata, dando como fruto a una generación totalmente ingenua, los que fuimos un día “los hijos del bienestar”, temerosos del “pillaje” que vimos en las calles durante los 80, pero totalmente indefensos ante nuestra depredadora clase política.En casa hablamos castellano. Mi madre vino de Lucena, Córdoba, con apenas seis años. Mi padre nació en L’Hospitalet, igual que su padre, pero su madre y abuelos también llegaron de diferentes partes de España, así que mi familia paterna es también castellanoparlante. Mi padre, además, ingresó muy joven en las fuerzas de seguridad del estado, donde trabajó toda su vida. De este modo, su sentido patriótico era el que había aprendido durante su adolescencia y juventud, en el ejército y en su trabajo, el franquista. De la experiencia de vivir con mi padre podría escribir una trilogía, hoy desde el cariño, pero quisiera seguir explicando mi testimonio sobre cómo llegué a declararme independentista.Durante los años de colegio, conviví en la escuela pública con hijos de emigrantes españoles, como yo, magrebíes de distintos países y catalanoparlantes, todos juntos, sin problemas étnicos ni lingüísticos, sin distinciones, salvo una. Solo se estudiaba la religión católica, por lo que los compañeros árabes o testigos de Jehová no podían estudiar su religión en el colegio como los demás. Creo que ahí fue cuando empecé a hacerme preguntas. Aprendí el catalán desde muy niño, en la calle, con algunos de mis amigos y también en el colegio. También aprendí cuatro cosas en árabe que hoy no recuerdo. Conocí la Historia en castellano, pues nuestro profesor de Sociales era de Cuenca y nadie nunca planteó ningún problema. Esto mismo ocurría con otras asignaturas, como inglés, matemáticas y, lógicamente, castellano. Jamás, a ninguno, nos pareció extraño hablar entre nosotros en castellano y que el libro estuviera en catalán, o viceversa. Somos bilingües.Hablando entre compañeros y amigos, ya en época de instituto, fue como entendí, aunque no lo compartiera, el sentimiento nacionalista catalán, pues, desde sus orígenes, Las Españas estuvieron formadas por pueblos diversos y todos sabemos qué sucedió tras los Decretos de Nueva Planta el 1716. De este modo, yo crecí y me hice un hombre confiando en que aquel acuerdo semifederalista de la Transición, el Estado de las Autonomías, caminaría hacia algo definitivo, un país cada vez más democrático en el que todos los pueblos cabríamos y confiaba, por lo tanto, en una evolución positiva y democrática del proceso, como es natural, y no creía en una involución del mismo, como veo que realmente ocurre.

Hoy, pasada ya alguna década, vistas las mentiras, los insultos, el ninguneo al Parlament de Catalunya, a sus leyes, el retroceso en los logros conseguidos en sanidad, en educación, vista la pantomima que resulta la justicia española, visto el ataque directo por parte del estado a sus idiomas que no son el castellano en lugar de cuidarlos, visto que se intenta, una y otra vez, ejercer la Democracia que nos es tan legítima y se hacen leyes y jurisprudencias que prohíben explícitamente ese ejercicio, visto que la ley está por encima de las personas y que éstas no están capacitadas para cambiarla, visto que los hijos de los amnistiados libertarios siguen sin enterrar sus muertos, mientras los hijos de los amnistiados represores heredaron un buen puesto en los ministerios y diputaciones me doy cuenta de que construimos, de nuevo, un país en el que no cabe nadie, pues la democracia otorgada no es la suficiente, siquiera, como para respetar un Estatut elegido democráticamente, por anticonstitucional. ¿No será que la Constitución es antidemocrática?

Me doy cuenta, también, de que el gobierno español, de uno u otro color (aunque cada vez es más difícil distinguirlos), nunca será capaz de guiar a nadie hacia un futuro mejor, visto que son las organizaciones civiles como, por ejemplo, aquellas que defienden a los desahuciados o las que organizan comedores sociales, las encargadas de suplir las carencias de la clase política, insensible e inútil, presionando a entidades bancarias y políticos para que den marcha atrás en sus injustas pretensiones que solo defienden los intereses de los “mercados”, es decir, los bancos y las grandes fortunas.

Por eso, ante tanta injusticia e incapacidad, yo me sumo a esta iniciativa, porque creo que es fundamental que seamos nosotros los que podamos decidir democráticamente sobre nuestro futuro, tengamos la ideología política que tengamos, tengamos la cultura que tengamos, haciendo un país entre todos, porque nadie mejor que nosotros mismos como prueba empírica de que no hay ruptura en la sociedad catalana, que somos un solo pueblo, uno de los muchos que pueblan esta nación de naciones, y que no es otra cosa que esa arcaica y reduccionista visión de España aquello que precisamente la hace inviable, aquello que la despedaza en añicos y nos obliga, en un ejercicio de pura responsabilidad, a luchar por la Justicia Social que se nos arrebata ante nuestras atónitas narices, nos obliga a luchar por la Democracia que realmente nunca tuvimos. Ante esta enorme carencia, no se me ocurre nada más democrático y responsable que votar para poder seguir nuestros propios pasos.

Sí al dret a decidir.

Raoul Gonell Herrera (L’Hospitalet)

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El día en que los unionistas escoceses le dieron una lección a los españoles

La representante del Partido Laborista Escocés, partidaria de la unión, asegura al PSC que facilitar el referendum no debilita la posición del «no» y que se hubiera celebrado igual sin el acuerdo con el Reino Unido porque «es la voluntad»

«Si somos demócratas tenemos que permitir que la gente vote». Esta ha sido la premisa explicada por los dos diputados escoceses — una unionista y un independentista — que esta tarde [por ayer] han explicado en la comisión por el Derecho a Decidir del Parlament el proceso soberanista en Escocia y los acuerdos para el referendum independentista de Escocia del 18 de septiembre de 2014 al que han llegado la cámara escocesa y el Reino Unido. Un acuerdo diametralmente opuesto, como ha quedado patente, al que se vive en Cataluña.

Especialmente interesante ha sido la intervención de Patricia Ferguson, diputada por el Partido Laborista Escocés manifiestamente antiindependentista, que ha dado por lógico y natural aceptar la celebración del referendum independentista porque, a pesar de la oposición de Westminster, se habría celebrado, en respuesta a las preguntas del portavos socialista en la comisión Ferran Pedret.

«Negar el referendum no aporta nada, hace falta aceptarlo porque de una manera u otra, se hubiera celebrado porque es la voluntad del pueblo», ha sentenciado Ferguson. «Facilitar el referendum no debilita para nada mi posición antiindependentista», ha replicado Ferguson a Pedret que insistía en el acuerdo con España y la reforma federal que propone el PSC. Incluso Ferguson se ha jactado de que la pregunta sea explícita y no se pregunte por una tercera vía.

«Madurez» ha sido la palabra que ha usado con más frecuencia Ferguson, así como el representante del Scottish National Party, Stewart Maxwell. «Estamos orgullosos del acuerdo», ha añadido para decir que el proceso ha sido «justo e inclusivo» para llegar a acordar la consulta en la que ganará quien «tenga el 50% de los votos más uno».


Eso sí, a pesar de las constantes referencias a la madurez del Reino Unido con el proceso soberanista, Ferguson ha escapado y ha evitado entrar a valorar explícitamente la posición española ante la «Catalan Way». «La gente en democracia vota, porque las urnas son la solución, no el problema», ha concluído evitando entrar a saco en el enrocamiento del Estado español en el proceso catalán. Ferguson sabe también que las comparaciones son odiosas.

Fuente: NacióDigital.cat

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El federalismo como coartada

Vaya por delante, en mi descargo, una confesión: yo también era federalista. Pero no de alma o de espíritu, de los que se ven tantos estos días. Hordas de federalistas han tomado las calles últimamente. No, yo era federalista de los de verdad. De los que no lo son retóricamente, o como los que lo proclaman más por fe o por conveniencia que por convencimiento. Algunos parece que incluso lo son con resignación…
Yo era un federalista de los que creía que la mejor manera de convivir juntos debía estar basada ineludiblemente en el respeto, la igualdad y la libertad. No me conformaba con las ruinas del fracasado estado español, iba más allá de unas fronteras absurdas, y en las que no creo. Un federalismo de vocación iberista, como el de aquellos locos utópicos del siglo XIX y principios del XX, aquellos soñadores que imaginaban una península ibérica de pueblos y naciones unidos en la diversidad y el respeto. Respeto a las diferentes lenguas y culturas, con una historia y un proyecto comunes, sin relaciones de sumisión y desde la voluntad y la libre unión de las naciones que la conformasen, desde el Atlántico al Mediterráneo. Pero, como siempre, el estado español se encarga de devolver a los soñadores a la realidad.
En 2005 vivimos de nuevo aquel sueño, el de reformar España y cambiar la relación con Cataluña, en un encaje más justo para las partes. Se hizo un enorme esfuerzo, se hicieron muchas renuncias, se hicieron muchas promesas (“Aprobaré…”) y, al final, el estado español volvió a despertarnos… no sin antes pasarnos diligentemente “el cepillo”.
Al sueño rebajado que nos devolvieron se sumó, tras cuatro años de incertidumbre y tras haber sido refrendado por el pueblo, la infame sentencia del infame Tribunal Constitucional de 2010. Se hizo patente hasta qué punto España quería reformarse, hasta qué punto estaba dispuesta a “federalizarse” (ni que fuera tímidamente). Se certificó el fin del sueño, y entonces nos tocó despertar.
Ha quedado claro que “la España federal” es una quimera. Ese federalismo del que muchos se llenan la boca, las terceras vías, la moderación, no son más que palabras vacías, excusas. Ya se ha intentado todo. Es seguir con el engaño, seguir perdiendo el tiempo, dilatando que los catalanes, vengamos de donde vengamos o hablemos la lengua que hablemos, podamos decidir nuestro futuro. Es una solución amortizada, que ha demostrado ser un fracaso. A veces incluso una pesadilla. Diálogo, le llaman…
Lo inteligente, lo racional, lo sensato, no es continuar repitiendo el mismo error. Lo hemos intentado, no ha funcionado, no pasa nada. Sigamos soñando. Dejemos atrás ese federalismo obsoleto, y pongamos en práctica un federalismo práctico, real, del siglo XXI. Un federalismo que nos permita relacionarnos con España desde el respeto, la igualdad y la libertad, sin reproches ni odios, sin sumisiones ni imposiciones. Porque estamos condenados a entendernos, por todo aquello que compartimos, y podemos seguir compartiendo. Pero para federar dos cosas hace falta precisamente eso: dos cosas.
El único federalismo útil pasa por constituirnos, primero, en Estado. El resto es perder el tiempo, mantener los intereses de unos pocos, y seguir engañando a otros muchos. Que se dejen de cuentos, y que nos dejen hacer el sueño realidad. ¡Sea por Cataluña libre, Iberia y la Humanidad!*



Coque García (L’Hospitalet)

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Parafraseando la letra original del himno nacional andaluz, aprobada por la Asamblea de Ronda de 1918: «¡Sea por Andalucía libre, Iberia y la Humanidad»

La opinión expresada en este articulo pertenece únicamente a su autor/a y no refleja necesariamente la posición de SÚMATE como colectivo.
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El Vendrell: Las pensiones en 2020

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Presentación de SÚMATE Camp de Tarragona

El próximo jueves 14 de noviembre a las 20.15 horas en el Teatro Bravium de Reus presentaremos SÚMATE en el Camp de Tarragona.
Intervendrán:
– Nicolasa Fernández (Cabra del Camp)
– Bartolomé Pluma (Reus)
– Gregorio Simón (Reus)
– Felipe Garcia (Reus)
– Eduardo Reyes (presidente de SÚMATE)
También contaremos con la actuación del grupo ALQUIMIA Flamenco.

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SÚMATE en Palau-Solità

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Testimonio: «Yo soy un catalán nacido en Huelva»

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«Yo soy un catalán nacido en Huelva».

 

Nací en Calañas (Huelva) y viví en Tharsis y tengo mucha familia en Villanueva de las Cruces. Llegué hace 46 años a Catalunya. He vivido en Cornellá de Llobregat, Sant Feliu de Llobregat, Palau de Plegamans y llevo 12 años viviendo en Reus, en la que estoy totalmente integrado como un reusenc más.
A los 20 días de llegar, ya estaba trabajando en la Corberó (Esplugues de Llobregat), donde casi todos los compañeros eran catalanes. En ningún momento me sentí discriminado por el idioma. Me hablaban en castellano y algunos en catalán, lo que siempre agradecí, porque me ayudó a conocer esta tierra.A los dos años me traje a mis padres y mis tres hermanos a un piso. Mi padre nunca había vivido en un piso. Vivíamos en el 5º, y los primeros días no nos dejaba asomarnos por la terraza. Tenía miedo de que cayéramos.Todo lo que tengo, por supuesto con mi esfuerzo, se lo debo a Catalunya. Nos vinimos aquí, porque en nuestra Andalucía no había futuro, y aquí, en aquella época éramos los inmigrantes, pero el que tenía ganas de trabajar y formarse lo podía hacer.

Mi esposa es catalana, hablo con ella en castellano, tengo cuatro hijos y a dos les hablo en catalán y a dos en castellano. En mi casa nadie ha sufrido discriminación de ningún tipo.

Cuando he viajado a Andalucía, siempre he sido el catalán, cosa que me enorgullece, como le ha pasado a todos los que estaban en mi situación. Pero nunca voy a renegar de donde nací. Yo soy un catalán nacido en Huelva.

Mi vida está en Catalunya. Mi familia, mis hijos y mis nietos viven aquí, y yo quiero lo mejor para ellos.

Por eso, estoy en SÚMATE, porque creo que se debe consultar al pueblo catalán qué quiere ser en el futuro, votar habiendo recibido la información necesaria de lo que significará ese referéndum.

Catalunya no puede seguir con este estado de recortes en sanidad, educación y servicios sociales.
Catalunya no puede seguir con los estudios universitarios más caros de España, y menos becas.
Catalunya no puede seguir con la solidaridad que permite que bajen impuestos en otras comunidades y aquí nos acribillen a recortes por culpa de ese exceso de solidaridad.
Catalunya no puede seguir soportando el menosprecio de los gobiernos españoles, tanto del PP como del PSOE.

La sociedad civil está consiguiendo lo que no han podido los partidos políticos convencionales, con las Diadas del 2012 y 2013. Ya se están dando cuenta que esto va en serio.

Tenemos que informar con detalle a los que, como yo, nacimos fuera y aclararles todas las dudas que tengan. Tenemos que desmontar las campañas de mentiras de la prensa, radio y TV del resto de España.

Tenemos que votar, y yo votaré SI a la INDEPENDENCIA. Sabemos que después no será todo de color de rosa, pero será lo que nosotros queramos, y elegiremos a los gobernantes que nos merezcan confianza. No permitiremos ninguna corrupción.

¿Por qué lo hago? Pues porque no me gustaría que el dia de mañana, mis hijos me echen en cara que no hice nada por luchar para conseguirles un futuro mejor.

Juntos podemos! Por eso.. SÚMATE!

Bartolomé Pluma Marianas (Reus)

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Presentación de Súmate-Camp de Tarragona

¡SÚMATE en Reus!

Es una evidencia que Catalunya como país

—o como lo tienen concebido desde Madrid: una región más de España—, ha experimentado un cambio radical a la hora de expresar sus aspiraciones para conseguir un estatus en consonancia con su modelo de estructura tanto económica como industrial y cultural. Los partidos políticos que existen en Catalunya se han dado cuenta de que la sociedad civil ha dado un paso al frente y ha tomado iniciativas que les han llevado a tener que sumarse a dichas reivindicaciones.

Los que, a pesar de haber nacido fuera, tenemos las mismas aspiraciones, no podíamos quedarnos con los brazos cruzados. La prueba de ello son las diferentes agrupaciones de castellanoparlantes creadas en los últimos meses. Entre ellas Súmate. Pertenecemos a ese grupo de ciudadanos que, aun llevando toda nuestra vida aquí, donde hemos formado una familia con una pareja catalana, hemos tenido hijos y nietos catalanes, se nos quiere situar como personas que estaríamos en contra de cualquier cambio en la situación política actual.
Nosotros, que todo lo que tenemos se lo debemos a esta tierra que nos acogió en tiempos difíciles y en la cual en ningún momento nos hemos sentido discriminados por no conocer su lengua, ahora hemos decidido tomar la iniciativa y colaborar para que esta, que ahora es nuestra tierra, pueda construir un futuro mejor como un nuevo Estado europeo. Que nadie intente ver en esta posición ningún tipo de negación de la tierra donde nacimos, donde seguimos teniendo familiares muy cercanos y grandes amigos, a los que seguiremos visitando y nos visitaran. Eso no lo va a impedir nadie. Pero ahora nos toca unir nuestras fuerzas hasta alcanzar el objetivo: el referéndum y después la independencia.
En Barcelona hace unos meses se presentó el colectivo Súmate, para aglutinar las inquietudes de gente que vinimos de fuera y contestar todas las dudas que tenemos como ciudadanos en ese cambio de gobernabilidad: ¿Qué pasará con las pensiones? ¿Dejaremos de ser europeos? ¿Qué pasará con nuestras familias en el resto de España? El próximo jueves 14 de noviembre, en el Teatre Bravium, se presentará Súmate – Camp de Tarragona, y empezará la tarea de dar a conocer qué significa, qué persigue y cómo lo hará en nuestras comarcas. ¡Te esperamos!

Bartolomé Pluma (Reus)

Súmate en Reus
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¿Nos hemos vuelto locos?

¿Nos hemos vuelto locos?

¿Será que nos estamos independizando de un soviet? Alberto Pradilla –como es periodista y no politólogo– resume en esta frase lo que yo intentaré decir en un artículo. Ad­vierto que este texto no será una “Oda a Espanya” al puro estilo maragalliano. Varios compañeros lo han intentado anteriormente sin mucho éxito. Simplemente quiero poner sobre papel una pregunta que me viene a la cabeza cada vez que leo diversas ‘lecciones’ que nos llegan desde gran parte de la izquierda española –diversa y fragmentada, pero curiosamente coincidente en unos pocos temas–. Y es ésta: ¿de forma mayoritaria, sectores políticos y sociales transformadores catalanes, con orígenes y culturas políticas muy diversas, nos hemos vuelto todos locos? Quizá de tanto teorizar sobre procesos constituyentes cuando se está frente a uno de verdad no se quiere ver… El marxismo tampoco previó la revolución rusa, no se preocupen.

Cultura libertaria

Ha cambiado el marco discursivo y de actuación en Catalunya. Sí, así es. Se ha producido, en los últimos años, una traslación plural, transversal y rápida de la sociedad catalana hacia posturas independentistas o, como mínimo, favorables al derecho a decidir. Y hablo en términos de transformación porque no ha sido siempre así. Si bien la defensa de derechos nacionales y lingüísticos ha estado en la agenda de la mayoría de fuerzas políticas y organizaciones sociales desde la Transición política, la demanda independentista masiva es relativamente nueva. El encaje entre dos culturas políticas distintas como son la española y la catalana ha sido una cuestión largamente discutida durante los siglos XIX y XX, e históricamente han predominado las opciones federales, confede­rales o autono­mistas. Ocu­rre que en la última década en el Estado español se ha experimentado una suerte de recentralización y avasallamiento hacia la diversidad nacional. La crisis ha acrecentado el nacionalismo espa­ñol. Y nuestro ­pueblo, con una importante cultura libertaria, laica y democrática a las espaldas, no ha podido quedar impasible. De manera concreta, el punto de no retorno se materializó en la sentencia que negaba la constitucionalidad de gran parte del articulado del Estatut d’Autonomia de 2006, aprobado en el Parlament y en consulta popular. Se sellaba así la imposibilidad de la coexistencia.
Y es en este nuevo marco donde movimientos, partidos y asociaciones están actuando. Quizá el nudo gordiano para comprender el asunto resida en ver que el componente más relevante del independentismo catalán en la actualidad se fundamenta en el antiautoritarismo, no en el nacionalismo. Se trata de un proceso basado en el rechazo a la imposición, al Estado del statu quo; de una realidad que se construye sobre una demanda de más democracia y libertades, así pues sustentada no sólo en el eje nacional, sino también en el tercer eje –el de la radicalidad democrática–. Guste o no, la ola soberanista es de la gente, del tejido social, de las subjetividades difusas que se encuentran y organizan. Es por ello que está pasando por encima de todas las fuerzas políticas, desde CIU hasta la CUP.

Fin del régimen

Estamos pues frente a un escenario destituyente y constituyente a la vez. Los datos demoscópicos y mapas electorales que se están publicando en los últimos días dibujan el fin del régimen, el resquebrajamiento de la realidad política e institucional construida en la Tran­­sición. Muy probablemente, Cata­lunya sea en la actualidad el único espacio en Europa donde todo vuelve a estar abierto y por lo tanto con un futuro no escrito, con una utopía a disputar y pelear.
Por eso necesitamos más que nunca actuar en el campo del ‘ser’ y no en el del ‘deber ser’. ¿Nos podemos equivocar? Claro, quien actúa tiene este peligro. Pero también podemos ganar. Es por eso que desde el espacio de las subjetividades antagonistas hemos apostado por hacer política en mayúsculas, por arriesgar, por asumir contradicciones, por salir del círculo de iguales y mezclarse en las realidades sociales y populares… porque queremos cambiarlo todo.
Gemma Ubasart, en Diagonalperiódico.net
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Testimonio: «Antes quería un pacto fiscal; ahora, independencia»

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Soy catalán porque me siento catalán, aunque no siempre fue así.

 

Mis padres fueron de aquellos emigrantes de los 60 que tuvieron que salir de su pueblo porque solo vivían de lo que podían robar en el campo; ninguno de ellos fue a la escuela. Con 22 años mi padre emigró a Alemania durante 2 años y con el poco dinero que ganó pudo hacerse una casa en en un barrio a las afueras de Barcelona con muy pocos servicios, el barrio de Torre Baró, un barrio obrero a las afueras de Barcelona donde tenían que ir a la fuente a por agua y lavar la ropa en el rio Besòs.
Este barrio pronto se lleno de emigrantes andaluces como ellos. Se trajo a la que entonces era su novia, de 16 años; ella se puso a servir en un hotel y él se dedico a la construcción. Tuvieron 5 hijos (normal en aquella época) y ninguno de sus hijos tuvimos la oportunidad de conocer esta tierra maravillosa, por motivos económicos, ni pudimos aprender su idioma y su cultura. Nuestro entorno era prácticamente andaluz (o de otras comunidades de España).Mis padres mejoraron un poco su nivel económico y marcharon a Ciutat Badia (hoy en día Badia del Vallès). Al menos tenían agua potable y no era un barranco en el que colgaban las casas o barracas. Alguno de sus hijos mayores pudo estudiar algunas horas semanales de catalán. Vivíamos en Cataluña pero en un ambiente totalmente español; para ser más concreto un ambiente andaluz. Escuchar a alguien hablar en catalán era todo un acontecimiento. Mis padres por aquellos tiempos pertenecían a la peña andaluza del barrio, y yo aprendí al mismo tiempo a bailar sevillanas en la peña y sardanas en el colegio.Recuerdo que cuando yo tenía 11 años hicimos las primeras vacaciones para ver a mis abuelos a Villanueva del Río y Minas (Sevilla) al pueblo de mis padres. Fue tan tercermundista la experiencia que cambiaron los billetes de tren y volvimos 15 días antes de lo previsto (aquello no eran vacaciones era una penitencia). Si nosotros vivíamos de una manera humilde, aquello era África. Todavía lo recuerdo y se me ponen los pelos de punta y me lleno de tristeza; yo no volví al pueblo con mi marido hasta 20 años después. Y mis padres tenían tan malos recuerdos de la tierra en la que nacieron y tan mal les trató que le pagaban los billetes a mis abuelos para que viniesen a vernos porque no querían volver y recordar aquellos tiempos.

Mis hermanos y yo nos hicimos mayores y prosperamos, todos nos casamos. Yo me casé con un catalán, que una de las primeras cosas que me dijo fue: «habla como tú quieras, pero yo no te puedo decir t’estimo en castellano, yo te hablare catalán si no te importa«. Creo que fue en ese momento cuando empecé a estimar Catalunya. Ese y cuando después de dos años regalándole a mi suegra una rosa y un libro en catalán por Sant Jordi, ella llorando me dijo que no sabía leer catalán. Esto pudo conmigo.
Hoy en día todos mis hermanos entienden al menos el catalán y, por suerte o porque nos lo hemos currado, conocemos nuestra tierra de punta a punta, y la estimem hasta el punto de votar un SÍ a la independencia. Seguimos teniendo familia en Andalucía y no perdemos ni queremos perder el contacto.
No reniego de la tierra de mis padres: me gusta Andalucía como me gustan muchas comunidades de España y muchas ciudades europeas. Pero yo ahora no me siento español. Jo soc català y no creo tener muchas cosas en común con ellos; ni peores ni mejores, diferentes, pero con el agravante de que me siento ciudadano de segunda, por lo tanto me siento maltratado y encima insultado. Al principio quería un buen pacto fiscal, ahora ya no, ahora me parece poco…Quiero la independencia, no quiero unas rodalias de las que solo son míos los horarios, y no quiero que me digan cómo hay que educar a los niños; no quiero tener que presentar mis cuentas a un país que hace las cuentas que les da la gana.
Carlos Real (Barberà del Vallès)