Nací el 15 de Junio de 1977, día de las primeras elecciones democráticas en España. Atrás quedaban más de cuarenta años de dictadura franquista y la lucha por la libertad parecía dar sus frutos, materializándose en la Transición y, con ella, la Democracia. Los presos políticos, contrarios al régimen, habían sido puestos en libertad y los delitos franquistas, a su vez, quedaron impunes con la Ley de Amnistía, en aras de la Democracia y la Paz. La vida de los españoles pasaba del blanco y negro al color en cinemascope y se alardeaba de un cierto triunfalismo demócrata, dando como fruto a una generación totalmente ingenua, los que fuimos un día “los hijos del bienestar”, temerosos del “pillaje” que vimos en las calles durante los 80, pero totalmente indefensos ante nuestra depredadora clase política.
En casa hablamos castellano. Mi madre vino de Lucena, Córdoba, con apenas seis años. Mi padre nació en L’Hospitalet, igual que su padre, pero su madre y abuelos también llegaron de diferentes partes de España, así que mi familia paterna es también castellanoparlante. Mi padre, además, ingresó muy joven en las fuerzas de seguridad del estado, donde trabajó toda su vida. De este modo, su sentido patriótico era el que había aprendido durante su adolescencia y juventud, en el ejército y en su trabajo, el franquista. De la experiencia de vivir con mi padre podría escribir una trilogía, hoy desde el cariño, pero quisiera seguir explicando mi testimonio sobre
cómo llegué a declararme independentista.Durante los años de colegio, conviví en la escuela pública con hijos de emigrantes españoles, como yo, magrebíes de distintos países y catalanoparlantes, todos juntos, sin problemas étnicos ni lingüísticos, sin distinciones, salvo una. Solo se estudiaba la religión católica, por lo que los compañeros árabes o testigos de Jehová no podían estudiar su religión en el colegio como los demás. Creo que ahí fue cuando empecé a hacerme preguntas. Aprendí el catalán desde muy niño, en la calle, con algunos de mis amigos y también en el colegio. También aprendí cuatro cosas en árabe que hoy no recuerdo. Conocí la Historia en castellano, pues nuestro profesor de Sociales era de Cuenca y nadie nunca planteó ningún problema. Esto mismo ocurría con otras asignaturas, como inglés, matemáticas y, lógicamente, castellano. Jamás, a ninguno, nos pareció extraño hablar entre nosotros en castellano y que el libro estuviera en catalán, o viceversa. Somos bilingües.Hablando entre compañeros y amigos, ya en época de instituto, fue como entendí, aunque no lo compartiera, el sentimiento nacionalista catalán, pues, desde sus orígenes,
Las Españas estuvieron formadas por pueblos diversos y todos sabemos qué sucedió tras los Decretos de Nueva Planta el 1716. De este modo, yo
crecí y me hice un hombre confiando en que aquel acuerdo semifederalista de la Transición, el Estado de las Autonomías, caminaría hacia algo definitivo, un país cada vez más democrático en el que todos los pueblos cabríamos y confiaba, por lo tanto, en una evolución positiva y democrática del proceso, como es natural, y no creía en una involución del mismo, como veo que realmente ocurre.
Hoy, pasada ya alguna década, vistas las mentiras, los insultos, el ninguneo al Parlament de Catalunya, a sus leyes, el retroceso en los logros conseguidos en sanidad, en educación, vista la pantomima que resulta la justicia española, visto el ataque directo por parte del estado a sus idiomas que no son el castellano en lugar de cuidarlos, visto que se intenta, una y otra vez, ejercer la Democracia que nos es tan legítima y se hacen leyes y jurisprudencias que prohíben explícitamente ese ejercicio, visto que la ley está por encima de las personas y que éstas no están capacitadas para cambiarla, visto que los hijos de los amnistiados libertarios siguen sin enterrar sus muertos, mientras los hijos de los amnistiados represores heredaron un buen puesto en los ministerios y diputaciones me doy cuenta de que construimos, de nuevo, un país en el que no cabe nadie, pues la democracia otorgada no es la suficiente, siquiera, como para respetar un Estatut elegido democráticamente, por anticonstitucional. ¿No será que la Constitución es antidemocrática?
Me doy cuenta, también, de que el gobierno español, de uno u otro color (aunque cada vez es más difícil distinguirlos), nunca será capaz de guiar a nadie hacia un futuro mejor, visto que son las organizaciones civiles como, por ejemplo, aquellas que defienden a los desahuciados o las que organizan comedores sociales, las encargadas de suplir las carencias de la clase política, insensible e inútil, presionando a entidades bancarias y políticos para que den marcha atrás en sus injustas pretensiones que solo defienden los intereses de los “mercados”, es decir, los bancos y las grandes fortunas.
Por eso, ante tanta injusticia e incapacidad, yo me sumo a esta iniciativa, porque creo que es fundamental que seamos nosotros los que podamos decidir democráticamente sobre nuestro futuro, tengamos la ideología política que tengamos, tengamos la cultura que tengamos, haciendo un país entre todos, porque nadie mejor que nosotros mismos como prueba empírica de que no hay ruptura en la sociedad catalana, que somos un solo pueblo, uno de los muchos que pueblan esta nación de naciones, y que no es otra cosa que esa arcaica y reduccionista visión de España aquello que precisamente la hace inviable, aquello que la despedaza en añicos y nos obliga, en un ejercicio de pura responsabilidad, a luchar por la Justicia Social que se nos arrebata ante nuestras atónitas narices, nos obliga a luchar por la Democracia que realmente nunca tuvimos. Ante esta enorme carencia, no se me ocurre nada más democrático y responsable que votar para poder seguir nuestros propios pasos.
Sí al dret a decidir.
Raoul Gonell Herrera (L’Hospitalet)