
No es algo fácil. A mis hijos les gusta Inglaterra. Les gusta en particular los equipos de fútbol y tienen los bolsillos llenos de cromos de la Liga inglesa. Adoran a sus abuelos que viven ahi. También saben que yo soy inglesa y que no hablo como ellos. Su padre también lo es. Hay alguna disputa en quién es más escocés de los dos, ya que él se llama Mackenzie y se mudó a Escocia cuando era un niño. Yo, sin embargo, aunque crecí en Inglaterra, pasé mucho tiempo en el noreste, no muy lejos de Berwick-upon-Tweed (frontera con Escocia). Mi padre es escocés y mi familia por parte de madre está llena de gente de frontera. A pesar de ello, hay suficiente «inglesidad» para englobar nuestro hogar estadísticamente en el «No». Electoralmente, ambos estaríamos considerados demográficamente como «de origen inglés».
Mi «Sí» es aún inseguro. No hace mucho le dije a una votante del «No» que sentía que yo era una persona del «Sí», pero una con dudas. «Probablemente votarás No», me dijo. Pero «Sí»es a lo que siempre vuelvo. A pesar de que a menudo razono para alejarme del «Sí», aterrada ante la posibilidad de una economía arruinada, nunca llego al «No».
Cuando dudo, sin embargo, no es por lo que Gran Bretaña significa para mí. La proporción de escoceses que dicen que son británicos ha aumentado un 50% desde el 2011. Los análisis electorales dice que la gente con algún sentimiento británico son menos proclives a votar «Yes» que la gente que no lo tiene. A pesar de ello la campaña del «Sí»sigue creciendo. Mucho de esos que se consideran británicos son gente del «Sí».
Una amiga inglesa me dijo hace poco que votaría «Sí» porque se sentía atraída por una forma mucho más participativa de democracia. «El único problema es», comentó preocupada, «que entonces tendría que participar». Lo suscribo.
Uno de los principales atractivos de la campaña del «Sí», junto con librarse del «Trident» (programa de armas nucleares que Reino Unido tiene en Escocia) es que es un movimiento de gente de base, que ha animado y nos ha hecho sentir que la democracia puede funcionar.
No tienes que ser escocés para verte reflejado a eso; igual que no tienes que ser escocés para creer en una Escocia más igualitaria. Solo tienes que creer que las democracias pequeñas funcionan (y algunas lo hacen) en parte debido a que están más hechas a medida y más receptivas.
Así que eso es lo que inspira mi «Sí» más que cualquiero otra cosa. El único problema es que he escuchado este tipo de esperanzas antes. Cuando Barack Obama se presentó a presidente de los EEUU, escuchamos mucho sobre esperanza y cambio en América.
Pero, como Harry Boyte, director del Centro para la Democracia y la Ciudadanía en el Ausburg College, escribió la semana pasada: «La experiencia previa muestra el límite de la política electoral en la generación de movimientos duraderos de cambios de empoderamiento cívico y democracia participativa».
Boyted vió el debate escocés y observó que las preguntas más importantes fueron «cómo la implicación política vista en la campaña podría continuar». La respuesta, por supuesto, es que dependerá de nosotros asegurarnos que así sea, sea cual sea el resultado de la votación – no solo aquí, sino también en otras partes de Gran Bretaña.
Siempre habrá una parte de mí que apunte al sur, a Durham, y más allá, a mis amigos en Londres. La A1 y la M1(autovías que conectan norte y sur) seguirán estando ahi, conectándonos. Probablemente siempre me sentiré británica, más que inglesa-escocesa. Sin embargo, una de las razones que me hacen posible decir «Sí», sin sentir que niego mi identidad, es que yo creo que la idea de Gran Bretaña sobreviviría a la independencia. Pienso incluso que, como ha sugerido el Prof. James Mitchell de la Universidad de Edimburgo, la «britaneidad» se verá reforzada por ella. Esta separación quizás sea lo que necesita para revivir, valorando los vínculos que existen. Yo no digo «No» a Gran Bretaña, simplemente «Sí» a un modelo diferente.
Vicky Allan
Publicado en The Herald
