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La lengua de los abuelos

Mi abuelo paterno, Marcos Álvaro, no habló nunca en catalán pero lo entendía; había llegado a Catalunya proveniente de Murcia, de muy joven, durante los años veinte. Mi abuelo materno, Francisco Vidal, nacido en el Principado, hablaba habitualmente en catalán y conocía perfectamente el castellano, idioma en que redactaba la mayoría de los papeles de su labor como representante de una compañía de seguros. Mi padre nació en un hogar puramente castellanohablante e hizo una inmersión natural en el catalán gracias a las amistades, el trabajo, la familia de mi madre y la afición al teatro amateur, cuando la dictadura empezó a tolerar un poco la representación de obras de algunos autores autóctonos. Ni mi padre ni mi madre aprendieron nunca la lengua catalana en la escuela, el franquismo se lo impidió, como a tantas personas. El catalán formaba parte del sustrato de la catalanidad social que, a pesar de las políticas represivas destinadas a borrarlo, se transmitía oralmente al margen de las leyes del régimen. Esta catalanidad prepolítica –reforzada por la resistencia cultural catalanista y por el papel de organizaciones clandestinas como el PSUC– impidió que triunfara completamente la españolización cultural planificada por los ideólogos de Franco. Madrid no ha podido repetir lo que, hace siglos, consiguió París con la Catalunya Nord. Afortunadamente.
Hoy, mi padre habla con sus hermanos –mis tíos– en castellano y en catalán mientras mis primos y yo hablamos en catalán. Los encuentros familiares –bodas, bautizos, funerales– constituyen una buena foto de la realidad lingüística de la Catalunya que algunos, desde lejos, quieren ignorar, desde Wert hasta Bosé, a quien yo hacía más civilizado: utilizamos las dos lenguas sin ningún problema, con naturalidad, en función de la edad de los hablantes, de la costumbre y de otras circunstancias. Aunque yo pienso en catalán, y mis padres me hablaban siempre sólo en catalán, y fui escolarizado en una de las primeras escuelas de la ciudad que utilizaban el catalán como lengua vehicular, el castellano no es para mí una lengua extranjera, como sí lo son, en cambio, el inglés y el francés. Tengo con el castellano una relación intelectual y afectiva más que próxima, aunque no sea mi idioma materno ni con el que escribiría poemas. Toda esta narración personal viene a cuento porque, a raíz del debate sobre la independencia, aparecen opiniones contrapuestas sobre el papel que debería tener el castellano en un futuro Estado catalán. En un país donde parece que todo el mundo quiere ser un poco filólogo y un poco sociolingüista, el asunto no es fácil, sobre todo porque hay inercias y apriorismos que, en determinados círculos, no se han revisado desde hace tiempo. También hay personas que pierden la perspectiva general de lo que ahora está pasando y se limitan a observar su parcela como si el 2013 fuera 1983.
Para resumirlo. Por una parte, hay soberanistas que piensan que el castellano, en una Catalunya independiente, debería tener una consideración legal de acuerdo con lo que representa social y culturalmente, sin que eso implique cambiar las políticas de inmersión escolar y de apoyo a la lengua catalana, que sufre todavía debilidades importantes, como refleja el Informe de Política Lingüística 2012, presentado recientemente. Por la otra, hay soberanistas que no ven necesario que el castellano sea un idioma también asumido por un futuro Estado catalán, a pesar de ser la lengua materna de más del 50% de la población. Yo estoy con la primera posición, porque constato que el atractivo del proyecto soberanista es, precisamente, su carácter cívico más que cultural o identitario. Además, la aparición de plataformas de catalanes castellanohablantes partidarios de la independencia pone en evidencia una nueva sociedad, en la cual los planteamientos clásicos del nacionalismo catalán no sirven para forjar una mayoría que haga posible un cambio histórico de statu quo.
La cuestión es embrollada y los expertos del ramo lo analizan estos días. Entre los sabios de la lengua, hay criterios divergentes, porque no hablamos de matemáticas. Abordar, por ejemplo, el concepto de oficialidad es un campo de minas. Más allá de lo que digan los académicos, me parece que una sociedad como la catalana de hoy no puede ser imaginada sin tener en cuenta que los viejos esquemas noucentistes han sido superados por el paso del tiempo y por una serie de mutaciones que nos obligan a repensar la manera más eficiente de evitar que la lengua propia de Catalunya sea residual allí donde debe ser más importante. Sin olvidar que el mundo global y el nuevo paradigma tecnológicocultural hacen indispensable la construcción de estrategias inéditas e imaginativas para mantener vivo un patrimonio que nos define y que nos explica, que nos hace ser universales porque, justamente, somos diferentes.
De la misma manera que hay muchos Fernández, Martínez y Álvaro entre los que votarían sí a la independencia (y algunos Pujol, Pla y Vidal entre los que votarían no), también hay una vivencia de la catalanidad que pasa por la lengua castellana y negarlo no sería inteligente ni constructivo, ni políticamente útil. El desafío que tenemos delante exige que todo el mundo se atreva a revisar las viejas certezas
Francesc-Marc Álvaro (periodista y escritor)

Fuente: francescmarcalvaro.cat

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La opinión expresada en este articulo pertenece únicamente a su autor/a y no refleja necesariamente la posición de SÚMATE como colectivo.
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«No somos ganado»

«No somos ganado»

Después de una dictadura de la cual no puedo hablar mucho por mi corta edad en aquellos momentos, sólo recuerdo las cosas que explicaba mi padre: cómo vio matar a su padre en la puerta del cementerio, las historias que contaba de sus siete años de prisión en distintas cárceles de España condenado a muerte en más de una ocasión y el hambre que llegó a pasar. Bajo ese régimen franquista vivimos los españoles cuarenta años. Sí recuerdo que el dictador murió en su cama con todas las atenciones médicas.
Los españoles podíamos recuperar la ilusión de vivir en democracia… y ¡¡qué democracia!! Con una corona impuesta por el dictador, no votada por el pueblo. ¡Qué bien! Empezamos a votar las primeras elecciones, seguidas de una Constitución redactada por políticos sin intervención ciudadana, que votaron los españoles muchos de ellos sin apenas saber leer.
En treinta y cinco años de democracia tan sólo se han celebrado dos referendums. No somos importantes para nuestros políticos; ellos toman las decisiones, nosotros solo les servimos cada cuatro años para darles la autoridad de mandar hacer y deshacer.
¿Acaso somos ganado? ¿Es posible que no tengamos inteligencia suficiente para ser consultados y poder decidir?
Con la Constitución y sus leyes impuestas quieren encarcelarnos en un corral, con reformas laborales también impuestas, sin consultar al pueblo; ellos deciden cuánto debemos trabajar, qué dinero podemos cobrar, comer y seguir trabajando… estáis en el corral.
La educación de nuestros hijos también la deciden ellos y, lo que es peor, nos la cambian cada cuatro años depende del partido que entre. Claro, les hemos dado la autoridad, no tenemos derecho a ser consultados, aún no han pasado los cuatro años… estamos en el corral.
Sanidad, pensiones… ¿nos han consultado alguna vez antes de cambiar leyes? Ni siquiera para reformar de manera exprés la Constitución. ¿En qué se emplea nuestro dinero? ¿Acaso nos consultan cuánto se malgasta en armamento? ¿Les importa nuestra opinión? La deuda de los bancos la pagamos los ciudadanos, no nos consultan… estamos en el corral.
En España no hay intención de cambiar nada. Los políticos no lo permitirán: si el ganado empieza a tener poder de decisión, se les acaba el chollo. ¿Cómo van a permitir celebrar referendums? 
En el ganado hay una oveja negra, Cataluña. Donde muchos de nosotros luchamos por cambiar y dejar de ser ganado, sólo construyendo el país que nos merecemos. Con una constitución republicana, consensuada por el pueblo, en una democracia más abierta. Con participación ciudadana, mediante consultas; todas y cuantas sean necesarias. Donde el pueblo mande.
Cataluña será el referente para España, donde dejaremos de ser ganado.

Nicolasa Fernández (Tarragona)
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El federalismo como coartada

Vaya por delante, en mi descargo, una confesión: yo también era federalista. Pero no de alma o de espíritu, de los que se ven tantos estos días. Hordas de federalistas han tomado las calles últimamente. No, yo era federalista de los de verdad. De los que no lo son retóricamente, o como los que lo proclaman más por fe o por conveniencia que por convencimiento. Algunos parece que incluso lo son con resignación…
Yo era un federalista de los que creía que la mejor manera de convivir juntos debía estar basada ineludiblemente en el respeto, la igualdad y la libertad. No me conformaba con las ruinas del fracasado estado español, iba más allá de unas fronteras absurdas, y en las que no creo. Un federalismo de vocación iberista, como el de aquellos locos utópicos del siglo XIX y principios del XX, aquellos soñadores que imaginaban una península ibérica de pueblos y naciones unidos en la diversidad y el respeto. Respeto a las diferentes lenguas y culturas, con una historia y un proyecto comunes, sin relaciones de sumisión y desde la voluntad y la libre unión de las naciones que la conformasen, desde el Atlántico al Mediterráneo. Pero, como siempre, el estado español se encarga de devolver a los soñadores a la realidad.
En 2005 vivimos de nuevo aquel sueño, el de reformar España y cambiar la relación con Cataluña, en un encaje más justo para las partes. Se hizo un enorme esfuerzo, se hicieron muchas renuncias, se hicieron muchas promesas (“Aprobaré…”) y, al final, el estado español volvió a despertarnos… no sin antes pasarnos diligentemente “el cepillo”.
Al sueño rebajado que nos devolvieron se sumó, tras cuatro años de incertidumbre y tras haber sido refrendado por el pueblo, la infame sentencia del infame Tribunal Constitucional de 2010. Se hizo patente hasta qué punto España quería reformarse, hasta qué punto estaba dispuesta a “federalizarse” (ni que fuera tímidamente). Se certificó el fin del sueño, y entonces nos tocó despertar.
Ha quedado claro que “la España federal” es una quimera. Ese federalismo del que muchos se llenan la boca, las terceras vías, la moderación, no son más que palabras vacías, excusas. Ya se ha intentado todo. Es seguir con el engaño, seguir perdiendo el tiempo, dilatando que los catalanes, vengamos de donde vengamos o hablemos la lengua que hablemos, podamos decidir nuestro futuro. Es una solución amortizada, que ha demostrado ser un fracaso. A veces incluso una pesadilla. Diálogo, le llaman…
Lo inteligente, lo racional, lo sensato, no es continuar repitiendo el mismo error. Lo hemos intentado, no ha funcionado, no pasa nada. Sigamos soñando. Dejemos atrás ese federalismo obsoleto, y pongamos en práctica un federalismo práctico, real, del siglo XXI. Un federalismo que nos permita relacionarnos con España desde el respeto, la igualdad y la libertad, sin reproches ni odios, sin sumisiones ni imposiciones. Porque estamos condenados a entendernos, por todo aquello que compartimos, y podemos seguir compartiendo. Pero para federar dos cosas hace falta precisamente eso: dos cosas.
El único federalismo útil pasa por constituirnos, primero, en Estado. El resto es perder el tiempo, mantener los intereses de unos pocos, y seguir engañando a otros muchos. Que se dejen de cuentos, y que nos dejen hacer el sueño realidad. ¡Sea por Cataluña libre, Iberia y la Humanidad!*



Coque García (L’Hospitalet)

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Parafraseando la letra original del himno nacional andaluz, aprobada por la Asamblea de Ronda de 1918: «¡Sea por Andalucía libre, Iberia y la Humanidad»

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Presentación de Súmate-Camp de Tarragona

¡SÚMATE en Reus!

Es una evidencia que Catalunya como país

—o como lo tienen concebido desde Madrid: una región más de España—, ha experimentado un cambio radical a la hora de expresar sus aspiraciones para conseguir un estatus en consonancia con su modelo de estructura tanto económica como industrial y cultural. Los partidos políticos que existen en Catalunya se han dado cuenta de que la sociedad civil ha dado un paso al frente y ha tomado iniciativas que les han llevado a tener que sumarse a dichas reivindicaciones.

Los que, a pesar de haber nacido fuera, tenemos las mismas aspiraciones, no podíamos quedarnos con los brazos cruzados. La prueba de ello son las diferentes agrupaciones de castellanoparlantes creadas en los últimos meses. Entre ellas Súmate. Pertenecemos a ese grupo de ciudadanos que, aun llevando toda nuestra vida aquí, donde hemos formado una familia con una pareja catalana, hemos tenido hijos y nietos catalanes, se nos quiere situar como personas que estaríamos en contra de cualquier cambio en la situación política actual.
Nosotros, que todo lo que tenemos se lo debemos a esta tierra que nos acogió en tiempos difíciles y en la cual en ningún momento nos hemos sentido discriminados por no conocer su lengua, ahora hemos decidido tomar la iniciativa y colaborar para que esta, que ahora es nuestra tierra, pueda construir un futuro mejor como un nuevo Estado europeo. Que nadie intente ver en esta posición ningún tipo de negación de la tierra donde nacimos, donde seguimos teniendo familiares muy cercanos y grandes amigos, a los que seguiremos visitando y nos visitaran. Eso no lo va a impedir nadie. Pero ahora nos toca unir nuestras fuerzas hasta alcanzar el objetivo: el referéndum y después la independencia.
En Barcelona hace unos meses se presentó el colectivo Súmate, para aglutinar las inquietudes de gente que vinimos de fuera y contestar todas las dudas que tenemos como ciudadanos en ese cambio de gobernabilidad: ¿Qué pasará con las pensiones? ¿Dejaremos de ser europeos? ¿Qué pasará con nuestras familias en el resto de España? El próximo jueves 14 de noviembre, en el Teatre Bravium, se presentará Súmate – Camp de Tarragona, y empezará la tarea de dar a conocer qué significa, qué persigue y cómo lo hará en nuestras comarcas. ¡Te esperamos!

Bartolomé Pluma (Reus)

Súmate en Reus
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¿Nos hemos vuelto locos?

¿Nos hemos vuelto locos?

¿Será que nos estamos independizando de un soviet? Alberto Pradilla –como es periodista y no politólogo– resume en esta frase lo que yo intentaré decir en un artículo. Ad­vierto que este texto no será una “Oda a Espanya” al puro estilo maragalliano. Varios compañeros lo han intentado anteriormente sin mucho éxito. Simplemente quiero poner sobre papel una pregunta que me viene a la cabeza cada vez que leo diversas ‘lecciones’ que nos llegan desde gran parte de la izquierda española –diversa y fragmentada, pero curiosamente coincidente en unos pocos temas–. Y es ésta: ¿de forma mayoritaria, sectores políticos y sociales transformadores catalanes, con orígenes y culturas políticas muy diversas, nos hemos vuelto todos locos? Quizá de tanto teorizar sobre procesos constituyentes cuando se está frente a uno de verdad no se quiere ver… El marxismo tampoco previó la revolución rusa, no se preocupen.

Cultura libertaria

Ha cambiado el marco discursivo y de actuación en Catalunya. Sí, así es. Se ha producido, en los últimos años, una traslación plural, transversal y rápida de la sociedad catalana hacia posturas independentistas o, como mínimo, favorables al derecho a decidir. Y hablo en términos de transformación porque no ha sido siempre así. Si bien la defensa de derechos nacionales y lingüísticos ha estado en la agenda de la mayoría de fuerzas políticas y organizaciones sociales desde la Transición política, la demanda independentista masiva es relativamente nueva. El encaje entre dos culturas políticas distintas como son la española y la catalana ha sido una cuestión largamente discutida durante los siglos XIX y XX, e históricamente han predominado las opciones federales, confede­rales o autono­mistas. Ocu­rre que en la última década en el Estado español se ha experimentado una suerte de recentralización y avasallamiento hacia la diversidad nacional. La crisis ha acrecentado el nacionalismo espa­ñol. Y nuestro ­pueblo, con una importante cultura libertaria, laica y democrática a las espaldas, no ha podido quedar impasible. De manera concreta, el punto de no retorno se materializó en la sentencia que negaba la constitucionalidad de gran parte del articulado del Estatut d’Autonomia de 2006, aprobado en el Parlament y en consulta popular. Se sellaba así la imposibilidad de la coexistencia.
Y es en este nuevo marco donde movimientos, partidos y asociaciones están actuando. Quizá el nudo gordiano para comprender el asunto resida en ver que el componente más relevante del independentismo catalán en la actualidad se fundamenta en el antiautoritarismo, no en el nacionalismo. Se trata de un proceso basado en el rechazo a la imposición, al Estado del statu quo; de una realidad que se construye sobre una demanda de más democracia y libertades, así pues sustentada no sólo en el eje nacional, sino también en el tercer eje –el de la radicalidad democrática–. Guste o no, la ola soberanista es de la gente, del tejido social, de las subjetividades difusas que se encuentran y organizan. Es por ello que está pasando por encima de todas las fuerzas políticas, desde CIU hasta la CUP.

Fin del régimen

Estamos pues frente a un escenario destituyente y constituyente a la vez. Los datos demoscópicos y mapas electorales que se están publicando en los últimos días dibujan el fin del régimen, el resquebrajamiento de la realidad política e institucional construida en la Tran­­sición. Muy probablemente, Cata­lunya sea en la actualidad el único espacio en Europa donde todo vuelve a estar abierto y por lo tanto con un futuro no escrito, con una utopía a disputar y pelear.
Por eso necesitamos más que nunca actuar en el campo del ‘ser’ y no en el del ‘deber ser’. ¿Nos podemos equivocar? Claro, quien actúa tiene este peligro. Pero también podemos ganar. Es por eso que desde el espacio de las subjetividades antagonistas hemos apostado por hacer política en mayúsculas, por arriesgar, por asumir contradicciones, por salir del círculo de iguales y mezclarse en las realidades sociales y populares… porque queremos cambiarlo todo.
Gemma Ubasart, en Diagonalperiódico.net
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Recortes de esperanza

Recortes de esperanza

Los recortes que se están produciendo actualmente en Catalunya están asfixiando cada vez más a los catalanes. Los recortes que se están llevando a cabo por la Generalitat en educación, en sanidad, en cultura y en todo lo que significa servicios públicos en este país están poniendo de uñas a muchos habitantes, los cuales, ante el crecimiento del independentismo, responden agriamente que menos independencia y más luchar contra los recortes, porque la situación es insostenible. Posiblemente tengan razón y no dudo que lo piensen con toda la buena fe del mundo, pero si mirasen con un poco más allá de la inmediatez del día a día verían que, en el fondo, están siendo manipulados por el gobierno central para que así piensen y de esta forma reventar, desde dentro, el imparable ascenso del independentismo. Por así decirlo, se han convertido en escudos humanos de la oligarquía española. ¿Cómo puede ser? Sencillo.

Al estar actualmente en un estado de derecho que forma parte de la Comunidad Europea, donde la democracia es reconocido como uno de los derechos humanos fundamentales, el hecho de que en Catalunya se haya desarrollado un sentimiento independentista de forma totalmente pacífica y democrática, tiene pocas formas de oposición. Si estuviéramos en otro sitio y/o en otros tiempos, ya haría bastante tiempo que estaríamos bajo un yugo militar por muy justas y democráticas que hubieran sido las reivindicaciones catalanas, como tantas otras veces ha pasado al largo de la historia.
Sin embargo, ahora no se puede hacer, excepto que el Estado español se pase por el forro todos los convenios habidos y por haber que lo impiden. El estado, por tanto, si quiere asfixiar la revuelta, tiene que utilizar otras herramientas, ya que la democrática la tiene totalmente en su contra. Por tanto, descartadas las militares y las democráticas, las que tiene más a mano son las diplomáticas y las económicas; las primeras, no las tiene todas a favor, pero las segundas, sí, y las está utilizando.
En estas circunstancias, el estado, con la excusa de la crisis (siguiendo el ejemplo de tantas y tantas empresas que han echado gente a la calle sin tener pérdidas) está haciendo recortes draconianos a las comunidades autónomas, las cuales, en tanto que son las representantes del Estado en sus territorios, los han de transmitir a la ciudadanía, con los nefastos resultados que todos conocemos. En Catalunya, encima de esos recortes, se ha de sumar el déficit fiscal que otras comunidades no tienen y los continuos incumplimientos de transferencias y pagos que debiera hacer el Estado Central a la Generalitat. ¿Resultado? La Generalitat no tiene dinero ni para pagar una bolsa de pipas y todo lo que depende de ella se resiente gravemente.
Esta asfixia económica hace que la gente más vulnerable lo esté pasando mal y exija a la Generalitat que arregle la situación dejando de lado otros condicionantes a priori menos importantes, tales como las “veleidades” del estado propio. De esta forma, la propia población catalana que sufre los desmanes de un Estado Central que la ve, no como a verdaderos españoles sino como a simples limones al cual exprimir, se pone, de forma surrealista, a hacer el juego al Estado en contra de sus propias instituciones. Es como si tus padres tuvieran que pagarte la paga, pero están siendo robados por alguien y tu, en vez de ponerte en contra del ladrón, te pusieras en contra de tus padres porque no te pagan. Surrealismo total y absoluto.
Estoy totalmente de acuerdo que se han hecho muchísimas cosas mal desde la Generalitat y que tiene cierta parte de responsabilidad de la situación actual, pero negar la mayor de que el Estado Central tiene la responsabilidad final de todos los recortes que estamos padeciendo es, como mínimo, injusto e hipócrita. El Estado español cobra los impuestos y la Generalitat paga los servicios de este estado ¿Casualidad? No, a eso se llama tener la sartén por el mango.
El Estado español (no confundir inicuamente con España) está aprovechando el sufrimiento de una parte de la ciudadanía catalana para reventar el escenario de la independencia de Catalunya, habida cuenta que la independencia afecta, y mucho, a los privilegios e intereses de una oligarquía política española formada por familias que llevan siglos haciendo y deshaciendo a su gusto (ver La política española, una cuestión de familia).
Es justamente en esta situación tan dura que, más que nunca, hemos de sumar esfuerzos para que todos los catalanes, ya sean de adopción o de nacimiento, consigamos la independencia política del Estado español. Y ello es así porque el exigir nuestra independencia no es una cuestión de sentimiento, no es una cuestión de insolidaridad, no es una cuestión de animadversión, es, simple y llanamente, una cuestión de dignidad, de derechos humanos y de esperanza, sobretodo esperanza, en conseguir un futuro mejor para todos.

recortes de esperanza
Ireneu Castillo (L’Hospitalet)

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Derecho a decidir

Cuando comento, con los compañeros que quieren saber, el derecho a decidir, y las dudas que tienen sobre dónde vamos con la independencia de Catalunya, les paso a explicar mi teoría sobre el caso de los que hemos venido de fuera de Catalunya.
Nuestros padres o nuestro agüelos, cuando decidieron liar las maletas y subirse acompañados de toda la familia al tren que les llevaría a Catalunya, tenían muchas dudas sobre dónde iban, pues partían a lo desconocido, pero lo que si tenían claro es lo que dejaban atrás, detrás no tenían futuro ni para ellos ni para sus hijos, y tomaron la DECISIÓN, por muy dura y desconocida que fuera, por muy terrible que supusiera dejar el resto de familia, sus pocos bienes y su pasado.
Quizás en estos momentos no tan trágicos —pero de igual importancia, pues también está en juego el futuro de sus hijos, y seguramente también el de sus nietos— tendrá el derecho de DECIDIR, si puede vivir él y su familia en una Catalunya más prospera e independiente, sin expolio fiscal, o tendrá que ver a sus hijos o sus nietos, volviendo a emigrar, esta vez al extranjero, porque el paro en Catalunya llegue al 27%.
En una Catalunya sin expolio fiscal, nuestras familias tendrán futuro, esto lo demuestra el País Vasco, pues gracias a no tener déficit fiscal debido a su concierto económico con el Estado, el paro solo es la mitad del nuestro. ¡Derecho a decidir libremente ya! porque si esto no sucede tendremos que DECIDIR emigrar otra vez, más arriba…

Paco Martinez

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Manipulación mediática

Con la esperanza de llegar a más gente, acudes a un programa al que jamás te conectarías por segunda vez, pero su difusión en castellano me anima porque me permitiría (eso creía yo) dar un mensaje a la gente que prefiere ver tv en su idioma materno, el castellano que es el mío, y por eso fuimos a Madrid.
Bajo mi punto de vista hay programas que producen un morbo un tanto raro puesto que si no humillan a las personas su audiencia cae en picado, aún y así, decidí que valía la pena, pues he recibido muchos mensajes de apoyo.
A través de las mismas imágenes que ellos proyectaron sobre la manifestación de la Plaza de Cataluña, la gente ha podido comprobar que esa gran mayoría silenciosa de la que tanto presumen y que dice «Cataluña es de España», resulta que es totalmente al revés. Una vez más los catalanes, todos los catalanes, han expresado su voluntad de construir un nuevo país para salir de la explotación a la que, desde hace tanto tiempo se está sometiendo a Cataluña.

Para que se sepa el método que emplea 13TV quiero contar mi experiencia del trato recibido

Llegué a Madrid a las 18,55 h y acudí al punto de encuentro donde me citaron, en los cabezones, unas estatuas de cabezas gigantes, extraña coincidencia con relación al programa y las personas a las me iba a enfrentar. Durante las más de dos horas que nos tuvieron esperando en la calle, creo que con el fin de ponerme cuanto más nervioso mejor, nos pasó una cosa muy curiosa. A mi mujer, que siempre me acompaña por eso de, hasta que la muerte os separe, cosa que cumplimos a rajatabla, se le acercó un joven que asustaba, rapado con camiseta de manga corta a pesar del frio y lleno de tatuajes pidiéndole fuego; y ella se puso nerviosa puesto que en su encendedor lleva una estelada. El joven hizo la intención de coger el encendedor para utilizarlo y mi mujer le advirtió que podría molestarse y que no era su intención ofender a nadie, el joven miro el encendedor y comentó, ¡no me ofende, al contrario! Cada uno es libre de mostrar lo que piensa, eso es democracia; a lo que yo le dije: pues entonces Súmate.
Por fin llegó el coche que nos recogió y ¡sorpresa! El mismísimo general en la reserva D. Manuel Fernández Monzón, estaba ya dentro. Después de saludarnos le comenté, mi general ¿vamos a llevarnos bien? A lo que me respondió: no pasa nada y si pasa algo, ¿qué coño pasa? El chofer una excelente persona con un estrés de narices porque no paraba de sonar el teléfono reclamándole que tenía que llegar con urgencia al plató. De camino recogimos a un señor muy serio, según me explicó era historiador, aunque la verdad, por la historia que conto en el plató más bien me pareció un “cuenta cuentos”.
Salimos del coche y mientras una persona me ponía el micro otra me maquillaba mientras iba corriendo de camino al plató porque ya estaban emitiendo en directo. No sé de donde saque la sangre fría para mantener la calma, pues tenía claro que lo que pretendían era ponerme nervioso.
Cuando vi la presentación de las imágenes de la plaza de Cataluña y al mismo tiempo reconocí a algunas personas del público que aplaudían a toque de pito, y al final del primer “round” vi la pantomima del presentador colocándose la camiseta azul que le trajeron los del 12-O, supe que si el árbitro se vestía de contrario, ya estaba todo perdido.
Si algo me ponía nervioso, era ver sufrir a mi mujer de lo cual me alegro, porque si hubiera sido ella la entrevistada y yo hubiera estado en su lugar, reconozco que ni el mismísimo general con toda su división me habrían parado los pies, llámenme Quijote.
Cuando pensé que era mi turno para contestar, dijeron: después de la publicidad seguiremos y… me echaron del plató.
La única satisfacción que sacamos de esta experiencia fue que, fuera de cámaras le dijimos al general y al que vino de Barcelona, lo que pensábamos de ellos y su manipulación sobre la verdad de los hechos en la diada y la manifestación del 12-O. Y comprobar que en Madrid hay montones de gente sana además de cuatro manipuladores vividores del sistema.
Que no duden las buenas personas, que las hay y muchísimas en todas partes de España, que en el momento que lo necesiten siempre habrá un Súmate para ayudarles contra un sistema que no mire por los intereses de los que hacen de un país un gran País, que no es otro que el Pueblo.
Eduardo Reyes.
Presidente de SÚMATE

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Termómetros por despertadores

Acabo de cambiar el tono de mi despertador. Tenía el himno de Estados Unidos, pero “Barras y estrellas” es demasiado patriótico para la transición a la realidad. Es terrible despertarte amando un lugar cuya lengua chapurreas con bastantes dificultades. Así que me he decantado por una sinfonía en “furremol” de vete-tú-a-saber-de-quién-es, pero que es delicioso escuchar cómo dos chelos compiten por pasar de la melancolía a la felicidad. Insisto, no sé de quién es, pero se escucha con el oído y se disfruta con el paladar.

Me suelo levantar sobre las ocho de la mañana, pero mi vecino de arriba, amablemente arrastra sillas a las siete de la mañana; no sea que me duerma. El sonido asusta y es desagradable… pero no tiene precio saber que todavía queda una “horaza” de cama.
Y en este duerme vela, ¿Qué ocurre? La mente todavía se aferra al reino de los sueños, pero el cuerpo tiene ganas de funcionar.
Al menos esto es lo que me ocurre mí. Continúa mi sueño, vívido y apasionante, o angustioso y frustrante, pero a la vez la coherencia empieza a dominar el entorno. Lo primero de todo es situarnos en el tiempo y el espacio. ¿Qué día de la semana es hoy? ¿Qué pasa con el Barça, jugó ayer o no? Si ganó, el día empieza bien, pero como haya perdido… ¿Hoy es normal o hay algo por hacer especial?… Pero qué preciosa que es mi mujer, por Dios… justo me despierto cuando comienza mi apasionado sueño de amor. ¡A ver!, centrémonos: ¿ganamos o no?
Pero tengo conocidos mesetarios que tienen una opinión diferente de cómo se despierta la gente en Catalunya. Aunque haga mucho calor, están arropados y abrazados a su manta-senyera estelada. Su sueño sólo es una comparsa rítmica que dura las ocho horas de sueño y ocupa todas las fases REM. Algo como un son de tambor sin solución de continuidad… “In-inde-inde-penden-ciá, In-inde-inde-penden-ciá…” Justo al despertarse dejan de respirar para sentir cómo se ahogan por culpa de España y ya se levantan de mala leche como cualquier miembro de un pueblo reprimido.
En cambio, al otro lado del Ebro, es lo mismo pero al revés: Todas las camas parecen ataúdes militares con esas mantas de la bandera rojigualda. El primer pensamiento siempre es odiar a Cataluña. Sí, Cataluña con eñe! Igual que las Vascongadas, que no Euskadi. Que estamos en ¡¡ES-PA-ÑA, ES-PA-ÑA!! Pero qué se habrán creído; ¡Si son españoles! Que se fastidien. Qué va: son extranjeros. Vascos y catalanes son extranjeros porque no se merecen pertenecer a mi amada patria… pero no, que se fastidien que son españoles… aaarg!! Les odio tanto, que ya no sé ni cómo insultarlos.
Así que en las dos camas, la temperatura sube y el mercurio se sale del termómetro. Da igual que fuera esté nevando: arropados en nuestras banderas-manta, estamos hirviendo de ira porque sabemos que en el otro lado, hay un enemigo odiándonos.
Y digo yo: ¿Soy el único que se despierta luchando entre el sueño y la realidad? ¿El único que hace equilibrios en saber si ayer hubo partido del Barça, mientras todavía sigo tratando de salir de una vía del tren… pero mis piernas no se mueven mientras me acecha una locomotora decimonónica de vapor? No lo creo.
Creo que todos nos levantamos de la misma manera. La realidad nos golpea tarde o temprano, pero nunca el primer pensamiento es de odio político. No es que esto sea absurdo, es que no es verdad. El drama personal de cada uno es su propia situación. Después de lavarnos la cara y acabar con las gestiones de higiene, es cuando despierta nuestro Yo social. Es ahora, justo antes de desayunar, cuando tomamos conciencia de lo que nos rodea y de lo que rodeamos. Ahora sí es cuando puedo elegir entre odiar o ser útil: Yo decido. Y decido vivir y procurar felicidad a mi entorno. Es por eso que tengo un sistema de despertador y no un termómetro en la mesilla.

Daniel García de la Mata Álvarez
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«La economía, Señor!»

Fuenteovejuna es una de las más famosas obras teatrales escritas por Lope de Vega y publicada en el año 1618. Se trata de una obra con profundo contenido social y reivindicativo. Presenta la rebelión de un pueblo, Fuenteovejuna, unido contra la tiranía, la injusticia y el abuso de poder representado en la figura del Comendador, a quien acaban asesinando. Cuando el juez va al pueblo para investigar el crimen y encontrar los culpables, pregunta: “¿Quién mató al Comendador?” y el pueblo responde como una sola voz: “Fuenteovejuna, Señor!” Entonces el juez vuelve a preguntar: “¿Quién es Fuenteovejuna?” y el pueblo responde: “Todos a una, Señor!
Esta breve introducción al artículo inspira una situación que, salvando las distancias, puede tener ciertas similitudes con la Cataluña de hoy en día.
Cataluña vive un momento histórico, un proceso que puede y debe conducir a ser un nuevo Estado europeo, un Estado nuestro, el de todos los catalanes, independientemente del origen, un Estado basado además de en el corazón, en la razón. Cuando nos pregunten: “¿Por qué queréis ser independientes?” “¿Por qué quieres serlo tú si eres andaluz?” “¿y tú si eres gallego?” “¿y tú si eres manchego?” “¿y tú que siempre has sido español?” Posiblemente, la respuesta en muchos casos sería: “Primero por un motivo emocional. Ser español no excluye ser catalán, o sí, pero eso depende del sentir de cada uno. Y segundo, por un motivo racional, la economía, Señor!!!
El motivo económico no puede apartarse del debate soberanista. La gestión económica del Estado español, en lo referente al tratamiento del déficit fiscal y al de infraestructuras, es probablemente uno de los motivos fundamentales que ha hecho aumentar el número de adeptos al proceso independentista, haciéndonos mayoritarios, y clamando igual que el pueblo de Fuenteovejuna, con una sola voz, la segunda respuesta: “Todos a una, Señor!
Veamos algunos datos, la frialdad de los números siempre nos sitúan donde estamos de una forma objetiva.
El actual modelo de financiación y el poder tributario de la Generalitat de Cataluña es limitado en la capacidad normativa y prácticamente inexistente en la capacidad de gestionar los grandes impuestos. Este hecho crea una dependencia de Cataluña del Gobierno central español, quien transfiere una parte de los recursos recaudados y gestionados por la Agencia Estatal de Administración Tributaria, nuevamente a Cataluña. La Generalitat gestiona menos del 5% de los impuestos que se recaudan en su territorio, mientras que el Estado central lo hace en más del 85% y el resto se gestionan localmente, por ayuntamientos o a través de diputaciones.
Cataluña, que por su capacidad fiscal ocupa el tercer lugar en generación de ingresos per cápita, después de aplicar los mecanismos de solidaridad y redistribución de recursos por el Gobierno central ocupa el décimo lugar en la recepción. Este dato rompe totalmente el llamado principio de ordinalidad, el cual existe en todo el mundo civilizado menos en el Estado español, y que dice que el orden de recursos por habitante antes y después de la nivelación debería ser el mismo.
El déficit fiscal de Cataluña con el sector público central es del 8,5% y en determinadas épocas ha llegado a ser del 10%. Representa casi el 20% de los ingresos, mientras que el porcentaje de gasto recibido es del 14%. Pero estos porcentajes todavía hay que matizarlos más, ya que tienen trampa, y excluir el sistema de ingresos y gastos de la seguridad social, que va en función del número de habitantes, pensionistas y parados. De esta forma, podemos ver mejor las decisiones discrecionales del Estado. Aplicado este ajuste, el porcentaje del gasto baja inmediatamente hasta el 11,17%. Es decir, en valor absoluto, significa que de cada 100 euros que Cataluña aporta al Estado, 43 euros no retornan en forma de gasto público. Por tanto, se demuestra que las decisiones del Gobierno estatal son claramente perjudiciales para Cataluña a la hora del destino de los gastos.
Para valorar si el déficit fiscal de Cataluña es excesivo o no, hay que compararlo con otros países o lugares. Algunos ejemplos: En Estados Unidos, California tiene un déficit fiscal del 2,92%, Nueva York del 2,49 y Massachusets del 2,26; en Bélgica, Flandes tiene el 4,40%, y en Alemania, los länder más ricos no pasan del 4%. Es decir, en cualquiera de los casos del mundo civilizado y que podemos tomar como referencia, ningún área sufre un déficit fiscal de las proporciones de Cataluña, ni similares. Estamos pues ante un caso claro de expolio fiscal.
Frente a estos argumentos, los no partidarios de la independencia esgrimen que la magnitud comercial catalana depende del mercado español y la independencia podría dañar esta relación comercial. La realidad es que el mercado español tiene un peso importante dentro de las relaciones comercial de Cataluña, pero nuevamente hay que matizar el comentario, ya que la economía catalana es una economía abierta y dinámica, así el mercado español ha ido perdiendo peso relativo frente las exportaciones en los últimos años. El superávit comercial catalán con España se ha ido reduciendo, de forma que en 1980 era del 16% del PIB y en 2011 sólo es del 2% del PIB. Por el contrario, el saldo comercial de las exportaciones no ha dejado de aumentar año tras año. Además, en un mundo globalizado, y de fácil acceso a los productos de todas partes, la existencia de un déficit fiscal no garantiza, ni mucho menos, el superávit comercial con éste.
Y en el caso de la existencia de boicot comercial, lo que en economía todo el mundo sabe que tiene efectos limitados en el tiempo, creo que debemos considerar que tanto los individuos españoles como catalanes somos maduros y no nos dejaremos arrastrar por campañas fanáticas de larga duración.
Con una Cataluña independiente, considerando el modelo fiscal actual y el nivel de presión fiscal, ambas cosas no deseables para la activación de la economía, y considerando el actual momento de crisis «salvaje», la ganancia fiscal sería de 2.000 millones anuales.
Los ingresos serían del orden de 41.000 millones, procedentes de:
– Impuestos directos ( IRPF, IS, renta no residentes): 12.000 millones
– Impuestos indirectos ( IVA, especiales, tráfico exterior ): 6.000 millones
– Tasas: 2.000 millones
– Cotizaciones a la seguridad social: 25.000 millones
– Empresas públicas: 1.000 millones
– Restamos las transferencias a administraciones públicas: – 5.000 millones,
mientras que los gastos adicionales derivados de tener Estado propio serían de 38 mil millones repartidas en las siguientes grandes magnitudes:
– Gastos que tiene el Estado español y organismos públicos: 11.000 millones
– Seguridad Social: 26.000 millones
– Empresas públicas de carácter inversor: 2.000 millones
Si extrapolamos estos datos, a los últimos cinco años, el promedio de ingresos adicionales sería de 49.000 millones anuales, y la de gastos de 35.000 millones, dándonos una ganancia media fiscal de 14.000 millones de euros anuales. Si eliminamos, además, la carga del déficit existente del Gobierno español, esta ganancia aumenta hasta 16.662 millones de euros anuales, es decir, el 8,5% del PIB ya comentado.
Con estos datos a la vista, puede afirmarse que Cataluña tendría la capacidad de reducir considerablemente la presión fiscal y no aplicar ésta a los trabajadores, a los autónomos y a las pequeñas y medianas empresas, que son los grandes perjudicados de la crisis. La presión a estas capas sociales, hace que la economía no se pueda recuperar, generando más y más desocupación laboral, y provocando que cuando empiece la recuperación de la crisis, ésta sea más lenta. La reducción de impuestos dentro de una Cataluña independiente no sólo es posible, sino que es totalmente recomendable y hasta necesaria.
Además, el efecto multiplicador que la ganancia fiscal tendría sobre la economía catalana, sería espectacular. Con 16.000 millones más podría aumentarse el gasto público, lo que en una crisis de consumo como la que estamos sufriendo, sería fundamental para iniciar la recuperación y la inversión en infraestructuras necesarias, donde el primer objetivo sería el corredor mediterráneo. Este efecto positivo en la economía incrementaría la capacidad productiva y se crearían puestos de trabajo.
todos a una, Señor!!
Xavier Mas
Economista y Profesor de la Universitat Oberta de Catalunya

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